Traxnz

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Ello funciona en todas partes, bien sin parar, bien discontinuo. Ello respira, ello se calienta, ello come. Ello caga, ello besa. Qué error haber dicho el ello. En todas partes máquinas, y no metafóricamente: máquinas de máquinas, con sus acoplamientos, sus conexiones. Traxnz no es un estado del ser, sino un proceso de producción, una máquina deseante. La experiencia trans es la máquina deseante por excelencia, un ensamblaje que produce nuevas realidades al conectar flujos —hormonas, lenguaje, códigos sociales, afectos— y efectuar cortes. Este ensayo mismo es un flujo de texto, un corte en el bloque monolítico del pensamiento binario. El acto de transicionar es una serie de cortes —sociales, físicos, lingüísticos— que redirigen y descodifican los flujos del deseo. Este texto se propone exponer la superestructura del binarismo de género no como una mera construcción ideológica, sino como una máquina social totalizadora, con componentes históricos, psicológicos y culturales que deben ser desmantelados.

El Género como Construcción Cultural e Histórica: La Máquina Molar de Inscripción
El binarismo de género occidental no es un estado natural de las cosas, sino una tecnología específica e histórica de poder. Funciona como una máquina social o socius que codifica el deseo inscribiendo los cuerpos en una de dos categorías mutuamente excluyentes. Los orígenes de esta máquina se encuentran en el proyecto colonial y cristiano, que impuso violentamente su lógica binaria, borrando sistemas de género preexistentes y más fluidos. Esta imposición fue una forma de etnocidio, una aniquilación de mundos posibles. El pensamiento occidental se constituyó a sí mismo a través de pares antagónicos, donde uno de los términos siempre es subordinado. La colonización, por lo tanto, no fue simplemente un acto cultural o ideológico; fue una reingeniería fundamental de la producción del deseo. Cada sociedad funciona como un socius, una máquina que inscribe y codifica los flujos de deseo para hacerlos compatibles con su estructura. La evidencia antropológica demuestra que las sociedades precoloniales poseían diversas y funcionales máquinas territoriales primitivas que codificaban el género y el deseo de maneras no binarias. El colonialismo desmanteló violentamente estos sistemas, criminalizando y persiguiendo a las personas no conformes. Así, la colonización puede ser teorizada como la sustitución violenta de múltiples máquinas locales de producción de deseo por una única y universalizante máquina despótica de género binario. Esta nueva máquina no solo cambió las creencias; alteró los canales mismos por los que el deseo podía fluir y ser reconocido, transformando la producción de la subjetividad misma.

Territorios de lo No-Binario: Máquinas Sociales Alternativas
Para contrarrestar la ficción de la universalidad binaria, es necesario cartografiar las máquinas sociales alternativas que han existido y persisten como actos de resistencia. Estos sistemas no son excepciones exóticas, sino formaciones sociales funcionales con sus propios códigos y lógicas.

En el sur de Asia, las Hijras constituyen un tercer género con roles rituales definidos en bodas y nacimientos, detentando el poder de bendecir y maldecir. Veneradas en textos antiguos y durante el Imperio mogol, fueron criminalizadas bajo el dominio británico en 1871. Hoy, a pesar de haber ganado reconocimiento legal, continúan enfrentando estigma, pobreza y violencia. En la cultura zapoteca de México, los Muxes (gunaa y nguiiu) son un tercer género reconocido desde tiempos prehispánicos, con roles económicos y de cuidado definidos, como la artesanía y el cuidado de los ancianos. Aunque están culturalmente aceptados en su comunidad de Juchitán, enfrentan barreras educativas y laborales fuera de sus roles tradicionales debido a la presión externa.

En las culturas indígenas de Norteamérica, el término pan-indígena moderno Dos Espíritus engloba diversas identidades de género que ocupaban lugares de honor y desempeñaban roles espirituales como sanadores y líderes ceremoniales. Estos sistemas fueron violentamente suprimidos por las leyes coloniales y las escuelas residenciales, que impusieron un estricto binarismo cristiano. La cultura Bugis de Indonesia presenta un sistema aún más complejo con cinco géneros: oroani (masculino), makkunrai (femenino), calabai (mujer trans), calalai (hombre trans) y los Bissu, chamanes andróginos venerados que actúan como intermediarios con el mundo espiritual. Este sistema desacopla completamente el género de la biología, y su permanencia es un acto de resistencia a una colonización cultural incompleta. Finalmente, en Samoa, los Fa’afafine son personas asignadas como hombres al nacer que asumen roles y expresiones de género femeninas. Aunque tradicionalmente aceptados, la influencia cristiana ha llevado a un aumento de la discriminación en las últimas décadas.

Estos ejemplos no son meras curiosidades antropológicas; son la prueba realista de que el binarismo de género es una máquina de producción entre muchas, una que ha logrado su hegemonía a través de la violencia y el borrado histórico.

El Género en la Psicología: La Fábrica de Edipo y sus Patologías
El aparato psiquiátrico y psicológico funciona como una fábrica diseñada para producir el «trastorno» a partir de la diferencia. El surgimiento de la sexología en el siglo XIX creó el espacio conceptual para la patologización de las identidades trans, enmarcándolas como una desviación del instinto sexual. La historia del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) traza la evolución de esta estrategia de control: del «transexualismo» en el DSM-III (1980) al «Trastorno de Identidad de Género» (TIG) y, finalmente, a la «Disforia de Género» en el DSM-5. Aunque la terminología cambia, la «misma esencia patologizante» permanece. Este proceso no es un refinamiento científico, sino una herramienta de control social que legitima el sistema cisheteronormativo al presentar la desviación como una patología personal e interna. La patologización es el mecanismo principal a través del cual el socius capitalista captura los flujos descodificados de género y los re-territorializa en el espacio privatizado y neurótico de la familia. El capitalismo, como argumenta El Anti-Edipo, descodifica los flujos pero debe re-territorializarlos para mantener el control, siendo la familia edípica el territorio moderno principal. La experiencia trans representa una descodificación radical del flujo de género. El aparato psiquiátrico, a través del diagnóstico, enmarca este flujo descodificado como un «trastorno» arraigado en la psicología individual y la vida familiar temprana, obligando al sujeto a narrar su experiencia a través del prisma de la familia, la identidad y el sufrimiento personal. Por lo tanto, el diagnóstico psiquiátrico no es un acto médico neutral, sino un acto político crucial. Funciona como la «aplicación» que toma el fenómeno social potencialmente revolucionario de lo trans y lo fuerza de nuevo sobre el triángulo edípico, transformando una línea de fuga política en un problema psicológico personal que debe ser «resuelto» dentro de la familia o la clínica, neutralizando así su potencial revolucionario.

La Crítica a Edipo: El Inconsciente como Taller, no como Teatro
El error más grave del psicoanálisis, su viraje idealista, fue sustituir el inconsciente-fábrica por el inconsciente-teatro, con Edipo como la única y lúgubre obra en cartelera. La producción deseante fue aplastada, sometida a las exigencias de la representación. La experiencia trans es fundamentalmente anedípica; es una producción de sí misma que elude el triángulo papá-mamá-yo. La exigencia psiquiátrica de una narrativa de «nacer en el cuerpo equivocado» es un intento de forzar este proceso productivo de vuelta a un marco edípico de carencia y castración, una narrativa que muchos cuerpos trans rechazan. El enfoque del psicoanálisis en la familia nuclear es una herramienta de represión que ignora la verdadera naturaleza social y política del deseo, que siempre desborda el miserable «secretito familiar».

Despatologización: La Fuga en la Máquina
La reciente decisión de la Organización Mundial de la Salud de eliminar la «incongruencia de género» del capítulo sobre trastornos mentales en la CIE-11 representa una fisura crucial, una línea de fuga dentro de la propia máquina psiquiátrica. Es el reconocimiento de que la identidad de género no es una patología. Sin embargo, esta revolución es incompleta. La necesidad persistente de un diagnóstico para acceder a la atención sanitaria sigue atando la existencia trans al aparato médico, manteniendo una forma de control. La despatologización formal es una victoria, pero la lucha continúa para desmantelar por completo la máquina que define la salud y el bienestar trans a través de clasificaciones psico-médicas.

La Violencia Estructural contra lo Ajeno: Engranajes de la Máquina Social
La violencia estructural no es un fallo del sistema, sino el producto necesario de su funcionamiento. Es el ruido constante de los engranajes de la máquina social al procesar los cuerpos que no se ajustan a sus códigos.

La Máquina de Exclusión: Familia, Escuela y Vivienda
La familia y la escuela son los primeros engranajes de esta máquina. Para la juventud trans y de género diverso, estos espacios se convierten a menudo en lugares de rechazo, violencia y expulsión. Esta expulsión temprana es el primer disparador de una espiral hacia la exclusión, afectando el rendimiento escolar y conduciendo con frecuencia a la falta de vivienda, empujando a los individuos a los márgenes desde el principio.

La Máquina de Precarización: El Engranaje Laboral
El engranaje laboral continúa el trabajo de la máquina de exclusión. Las estadísticas son la prueba irrefutable de su eficiencia: en España, se estima una tasa de paro del 46.5% entre las personas trans en edad de trabajar, una cifra que se dispara para las personas no binarias. Esta exclusión no se debe a una falta de cualificación; incluso personas con estudios de posgrado se enfrentan al desempleo o a trabajos precarios muy por debajo de su formación. La máquina se asegura de que los cuerpos que perturban sus códigos no puedan acceder a los recursos necesarios para prosperar.

La Máquina de Negligencia: El Engranaje Sanitario
El sistema de salud funciona como una máquina de negligencia. Las barreras sistémicas incluyen el estigma institucional, las prácticas patologizantes persistentes en salud mental, la falta de formación de los profesionales, la denegación de atención y el maltrato verbal a través del misgendering. El resultado directo de esta negligencia deliberada es una esperanza de vida drásticamente reducida para las personas trans, un efecto cuantificable de la violencia del sistema.

La Máquina de Criminalización: El Engranaje Legal y Policial
Finalmente, el aparato legal y policial actúa como el ejecutor final de la máquina. A nivel mundial, al menos 67 países criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo y al menos nueve tienen leyes que penalizan explícitamente la expresión de género. En los últimos años, se ha producido una oleada de legislación anti-trans en jurisdicciones como Estados Unidos, dirigida a la atención sanitaria, la participación en deportes y la educación. Esta criminalización se complementa con la violencia directa de la policía y el ejército, como demuestra el caso de Vicky Hernández en Honduras, donde el Estado fue declarado responsable de su asesinato. El Estado funciona como el garante último del código binario.

Esta violencia estructural no es un mal funcionamiento del sistema capitalista, sino una función necesaria y continua de su axiomática. El capitalismo no opera con códigos fijos como las sociedades antiguas, sino con una axiomática flexible que añade nuevas reglas según sea necesario para gestionar e integrar los flujos descodificados. El cuerpo trans representa un flujo de género radicalmente descodificado, empujando al sistema hacia su límite absoluto: el Cuerpo sin Órganos, el proceso esquizofrénico. El sistema no puede simplemente recodificar este flujo sin contradecir su propia lógica de descodificación. En su lugar, añade axiomas de exclusión y violencia. «Puedes existir», implica el axioma, «pero solo en la precariedad, en la pobreza, fuera de la sanidad, bajo la amenaza de la violencia legal y física». Por lo tanto, las altas tasas de desempleo, las barreras sanitarias y las leyes discriminatorias no son errores. Son los axiomas que el sistema produce para gestionar su propio potencial revolucionario. Son los mecanismos que garantizan que el flujo descodificado de la existencia trans no desestabilice toda la máquina social.

La Violencia Cultural contra lo Ajeno: La Máquina Semiótica del Pánico
Los medios de comunicación funcionan como una máquina semiótica que produce representaciones molares y estereotipadas para contener la realidad molecular y diversa de las vidas trans. Esta producción incluye la hipersexualización, el encuadre de las personas trans como víctimas trágicas o villanos amenazantes, y una falta general de representación matizada. La invisibilización específica de los hombres trans y las personas no binarias es una estrategia clave, ya que refuerza la falsa idea de que la «cuestión trans» se reduce a «hombres que se convierten en mujeres», un tropo más fácil de sensacionalizar. El uso de un lenguaje problemático, como la sustantivación («los trans»), deshumaniza y reduce a los individuos a una categoría abstracta, facilitando su otredad.

La Máquina del Pánico Moral
El concepto de «pánico moral» describe una ansiedad colectiva proyectada sobre un «demonio popular». Las personas trans, y en particular la juventud trans, se han convertido en los demonios populares centrales de las guerras culturales contemporáneas. Los medios de comunicación alimentan este pánico enmarcando la existencia trans como una amenaza para los niños, la familia, las mujeres y el orden social en su conjunto. Este pánico cultural no es un fenómeno aislado; está directamente conectado con la violencia legislativa. Las narrativas mediáticas crean la justificación popular para las leyes discriminatorias.

La violencia cultural y la estructural operan en un bucle de retroalimentación que se perpetúa a sí mismo. Los medios de comunicación crean un pánico moral, enmarcando a las personas trans como una amenaza. Este pánico proporciona la cobertura política para la legislación discriminatoria y la exclusión social en áreas como el empleo y la sanidad. Las consecuencias materiales de esta exclusión —pobreza, participación en el trabajo sexual para sobrevivir, mayores tasas de violencia— son luego reportadas por los medios, a menudo en la sección de «Sucesos». Este tipo de cobertura refuerza el estereotipo original de las personas trans como figuras marginales, peligrosas o trágicas, retroalimentando e intensificando el pánico moral. Se crea así un circuito cerrado en el que el sistema produce las mismas condiciones que luego utiliza para justificar su propia violencia represiva.

El Revolucionario Acto de Transicionar: Trazar una Línea de Fuga
Transicionar no es un movimiento de un punto fijo (hombre) a otro (mujer). Es una línea de fuga deleuziana: un proceso activo de escape del territorio molar y edípico del género asignado. Es un acto de desterritorialización, un desmantelamiento de los códigos inscritos en el cuerpo por la máquina social.

Performatividad y la Producción de un Cuerpo Nuevo
La teoría de la performatividad de Judith Butler ilumina este proceso. El género no es una esencia interna, sino una serie de actos repetidos que crean la ilusión de una identidad natural. La transición es una performance subversiva que, a través de la repetición de nuevos actos, gestos y enunciados, produce una nueva realidad corporal y deconstruye la ficción del binarismo de género «natural». Esta performance no es una elección libre en un mercado de identidades, sino un acto rebelde y constreñido dentro de un campo de poder.

El Régimen Farmacopornográfico y la Auto-Tecnología Política
Paul B. Preciado identifica el «régimen farmacopornográfico» como la modalidad contemporánea de poder, donde el género y la sexualidad son producidos y controlados por tecnologías farmacéuticas (hormonas, Viagra, la píldora) y mediáticas (la pornografía). En Testo Yonqui, su autoexperimento con testosterona se analiza como un acto político de «autoteoría»: una apropiación y desvío de las tecnologías de control para producir una nueva subjetividad, transformando el cuerpo en un lugar de resistencia política.

Trans* y el Futuro del Género
Jack Halberstam utiliza el término «Trans*» con un asterisco para significar una comprensión abierta y no teleológica de la transición. El asterisco es el comodín, el rechazo de un destino final y la inclusión de todas las formas de variabilidad de género. Esto se conecta con su trabajo sobre la «masculinidad femenina», que demuestra que la masculinidad no es propiedad de los cuerpos masculinos, deconstruyendo aún más el binario.

El acto de transicionar, en todas sus formas (social, médica, lingüística), es el proceso práctico, político y material de crear un Cuerpo sin Órganos (CsO). En la terminología de Deleuze y Guattari, el «organismo» es el cuerpo organizado, estratificado y funcional tal como lo define y disciplina el socius, en este caso, el sistema de género binario. Es un juicio de Dios. El CsO, en cambio, es el cuerpo desestratificado, no organizado e intensivo que se resiste a este juicio. Es un plano de pura potencialidad donde se pueden hacer nuevas conexiones. La transición, como línea de fuga y desterritorialización, desmantela activamente el organismo binario. Las hormonas reconfiguran sus flujos químicos. La cirugía reconfigura sus estratos físicos. Los nuevos pronombres y nombres deconstruyen su organización lingüística. Por lo tanto, la transición no se trata de crear un nuevo organismo (por ejemplo, una réplica perfecta de un cuerpo cis), sino de crear un CsO: un cuerpo que ya no está sujeto a la antigua organización, una superficie sobre la cual se pueden ensamblar nuevas máquinas deseantes. Esto reformula la transición de un procedimiento médico correctivo a un acto revolucionario de creación ontológica.

El Potencial Sujeto Revolucionario Trans: El Límite del Capitalismo
El sujeto trans encarna el «proceso esquizofrénico» de El Anti-Edipo. Este proceso es el límite absoluto de cualquier sistema social, representando la tendencia de todos los flujos a escapar de sus códigos. La persona trans, por su mera existencia, porta el flujo descodificado del género. Es la prueba viviente de que los códigos son arbitrarios y pueden romperse.

El Límite del Capitalismo
El capitalismo se define por su constante descodificación y recodificación de flujos. Necesita desmantelar estructuras antiguas, pero simultáneamente debe imponer nuevos controles —la axiomática del capital, la re-territorialización en la familia edípica— para evitar la disolución total. El sujeto trans representa el punto donde este proceso se quiebra. Es el flujo descodificado que se resiste a la re-territorialización en la familia. Es el flujo-esquizo que el capitalismo produce pero no puede contener. Esto convierte al sujeto trans en el límite inmanente y absoluto de la máquina capitalista.

Transfeminismo y la Revolución del Deseo
Esta posición teórica se conecta directamente con la praxis política del transfeminismo, que critica explícitamente la intersección del capitalismo y el cisheteropatriarcado. La existencia de personas trans y no binarias no es solo una cuestión de identidad personal, sino un acto político de renuncia y protesta contra el sistema. Es un acto revolucionario porque el deseo mismo, en su esencia productiva, es revolucionario.

Conclusión: Hacia n… Sexos
Este ensayo no concluye con un llamado a la tolerancia o la inclusión dentro del sistema existente, sino con una declaración de la falsedad inherente de ese sistema y del potencial revolucionario de escapar de él. El futuro no es binario, ni una simple expansión a un tercer género. Es la multiplicidad deleuziana de n… sexos, una producción abierta de deseo sobre un Cuerpo sin Órganos finalmente liberado de la tiranía del organismo y del triángulo edípico.

El potencial revolucionario de la existencia trans y no binaria no depende de la conciencia política o del activismo; es una condición ontológica. La rebelión es inherente al acto de existir fuera del código binario. Una máquina social mantiene su integridad codificando con éxito todos los flujos que la atraviesan. El socius capitalista occidental está fundamentalmente estructurado por el código de género binario. Una persona trans o no binaria, por definición, encarna un flujo de género que ha escapado a este código. Su existencia es un hecho material que el sistema no puede procesar sin contradicción. Por lo tanto, incluso una persona trans que no sea políticamente activa es, por su propio ser, un «fallo» en la máquina social, un punto de quiebre en su mecanismo de codificación. Su existencia es un acto de subversión constante, pasivo pero potente. Esto significa que el potencial revolucionario no es algo que deba alcanzarse, sino algo que es, y la lucha política consiste en activar y conectar estos puntos de fallo sistémico ya existentes.

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Salvador Covarrubias

Ensayos teórico-críticos sobre política y filosofía militante

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