El Capital Mitómano

Written in

por

Introducción: La Máquina Mitológica
Este ensayo no se propone como un mero ejercicio académico, sino como un acto de guerra semiológica. Su objeto de análisis, el capitalismo, no es abordado aquí como un simple sistema económico, sino como una máquina mitológica totalizadora, un socius global cuya función primordial no es solo la producción de mercancías, sino la producción de la realidad misma. Esta máquina funciona incesantemente para generar una doxa, un sentido común global que presenta su propia estructura, históricamente contingente y violentamente impuesta, como un orden natural, eterno e ineludible. Es un aparato de producción deseante que codifica los flujos de la historia, la violencia y la explotación, y los reterritorializa como hechos de la naturaleza, leyes económicas inevitables o imperativos morales universales.

La herramienta teórica central para esta intervención es un análisis barthesiano del mito, no como una fábula o una falsedad, sino como un sistema semiológico de segundo orden. El mito, en este sentido, es una forma de habla que se apropia de un signo preexistente —una construcción histórica y cultural— y lo vacía de su contenido conflictivo para rellenarlo con un nuevo concepto, uno puramente ideológico. Este proceso de «mistificación» transforma la historia en naturaleza, lo contingente en eterno, lo político en ontológico. La función de la máquina mitológica del capital es, precisamente, esta: naturalizar la ideología burguesa, presentar sus intereses de clase como el destino universal de la humanidad.

El objetivo de este texto es, por tanto, llevar a cabo una operación de ingeniería inversa sobre esta máquina. Se trata de desmantelar sus componentes clave —sus mitos fundacionales— para exponer los brutales procesos históricos y los mecanismos de violencia que están diseñados para ocultar. Este acto de desmitificación no es un fin en sí mismo, sino la condición de posibilidad para romper el hechizo de lo que el teórico Mark Fisher denominó «Realismo Capitalista»: esa atmósfera ideológica asfixiante en la que las alternativas al capitalismo no son simplemente rechazadas, sino que se han vuelto cognitivamente inimaginables. Desmontar el mito es el primer paso para trazar una línea de fuga, para reabrir el horizonte de lo posible más allá del miserable «secretito familiar» del capital.

Parte I: La Semiótica del Poder y la Constelación Mítica
¿Qué es un mito fundacional? La Desnaturalización del Discurso Burgués
Para desmantelar la máquina mitológica del capital, es imperativo primero definir con precisión su munición principal: el mito fundacional. Este concepto debe ser rescatado de su acepción vulgar como simple «falsedad» o «cuento antiguo». Siguiendo el riguroso formalismo de Roland Barthes en Mitologías, el mito es una modalidad específica de habla, un metalenguaje o sistema semiológico de segundo orden que opera sobre un sistema lingüístico preexistente para producir un nuevo tipo de significación.

El mecanismo opera en dos niveles superpuestos. En el primer nivel, el del lenguaje-objeto, un significante (la forma material, como la imagen de un individuo que asciende de la pobreza a la riqueza) se une a un significado (el concepto, como «éxito a través del esfuerzo»). Su correlación constituye un signo lingüístico: la historia del «hombre hecho a sí mismo», un signo pleno cuya historia es visible. Es en el segundo nivel, el del metalenguaje o mito, donde se produce la operación ideológica. El signo completo del primer nivel es capturado y se convierte en el mero significante del mito. Se le vacía de su complejidad histórica y de la violencia estructural que lo rodea. A esta forma empobrecida se le inyecta un nuevo significado, un concepto ideológico potente: la «justificación moral del capitalismo». La asociación final de esta forma con este concepto produce la significación mítica: la idea naturalizada de que el capitalismo es un sistema justo que recompensa el mérito individual. El mito ha hablado.

La función central de este mecanismo es, como Barthes insistió, la transformación de la historia en naturaleza. El mito no niega los hechos; los deforma. Toma una realidad construida, contingente y conflictiva —las relaciones de propiedad burguesas— y la presenta como una verdad eterna, evidente por sí misma, como parte del orden natural de las cosas. Este proceso es una «mistificación» que sirve para legitimar y perpetuar un orden social específico al hacerlo parecer como apolítico y universal.

En su dimensión política, el mito fundacional es una tecnología de poder indispensable. No es un mero relato, sino una organización de imágenes, afectos y valores que genera un compromiso emocional y fundamenta la legitimidad de un régimen político o económico. Proporciona una legalidad simbólica que la razón pura, el logos, no puede ofrecer, especialmente en los momentos de crisis, transición o incertidumbre que marcan la génesis de un sistema. El mito político funciona para hacer ver que cualquier resistencia al proyecto de poder en curso es una afrenta no solo a la autoridad, sino a la propia identidad y al orden natural del mundo.

¿Cuáles son los mitos fundacionales del capitalismo? La Constelación Ideológica
Los mitos fundacionales del capitalismo no operan de forma aislada. Constituyen un sistema interconectado, una constelación ideológica donde cada mito refuerza y presupone a los demás, creando un circuito cerrado y autorreferencial que es notablemente resistente a la crítica. Este ensayo se propone cartografiar y desmantelar esta constelación, cuyos componentes principales son el mito del origen pacífico y el «Hombre Hecho a sí Mismo», que postula que el capital se origina en el ahorro y el trabajo duro; el postulado de la propiedad privada como un derecho natural pre-social, articulado por John Locke; la doctrina del valor «subjetivo» de la mercancía, que basa el valor en la preferencia individual y no en la producción; la creencia en la «Mano Invisible» y un mercado autorregulado que transforma el egoísmo en bienestar colectivo; y finalmente, la promesa de la meritocracia y la igualdad de oportunidades, que vincula el éxito al talento y esfuerzo individual en una competencia justa.

Estos mitos no son simplemente una lista de creencias; funcionan como una secuencia narrativa que estructura la justificación ideológica del sistema. La lógica interna de esta constelación opera como un bucle de retroalimentación que previene la crítica sistémica. El mito de la Meritocracia proporciona el protagonista heroico: el individuo dotado de talento y empuje. Este héroe, el «Hombre Hecho a sí Mismo», actúa en un escenario supuestamente neutral y mágico, el mercado, gobernado por la «Mano Invisible». Dentro de este mercado, participa en intercambios que se presumen justos porque su valor está determinado por la preferencia mutua, según la Teoría del Valor Subjetivo, borrando así cualquier noción de explotación. Finalmente, los frutos de su éxito son santificados y protegidos como un Derecho Natural a la Propiedad Privada.

El poder de esta constelación reside en su capacidad para internalizar el fracaso. Si el sistema es intrínsecamente justo, natural y eficiente, entonces cualquier resultado negativo —pobreza, desigualdad, precariedad— no puede ser atribuido a una falla sistémica, sino únicamente a un defecto moral o a una falta de mérito del individuo. El análisis de la estructura se convierte en un juicio sobre el alma. De este modo, la máquina mitológica del capital no solo legitima la desigualdad, sino que la produce como un resultado moralmente justificado, transformando la indignación política potencial en vergüenza y resignación personal. Desmantelar este sistema requiere atacar no solo cada mito por separado, sino la lógica interconectada que los convierte en una fortaleza ideológica.

Parte II: Deconstrucciones Históricas y Filosóficas
El «Hombre Hecho a sí Mismo» y el Origen Pacífico del Capitalismo: La Acumulación Originaria como Verdad Histórica
El mito del «Hombre Hecho a sí Mismo» (Self-Made Man) es la piedra angular de la hagiografía capitalista. Narra un origen pacífico e industrioso para el capital, una fábula que, como señala Marx, desempeña en la economía política el mismo papel que el pecado original en la teología. En esta anécdota, una élite diligente, inteligente y, sobre todo, ahorrativa, acumuló riqueza a través de la abstinencia y el trabajo duro, mientras una masa de haraganes y derrochadores se condenó a sí misma a la pobreza, no quedándole finalmente otra cosa que vender su propia piel. Esta narrativa transforma la polarización de clases en el resultado de un juicio moral primordial.

Esta «niñería insustancial» es sistemáticamente desmentida por la historia real de la génesis del capital, un proceso que Marx denominó «acumulación originaria». Lejos de ser un idilio de frugalidad, la prehistoria del capital es el proceso histórico de disociación violenta entre el productor y sus medios de producción, una expropiación inscrita en los anales de la humanidad con «trazos indelebles de sangre y fuego». El capital no nace del ahorro, sino del despojo. La condición fundamental para el modo de producción capitalista es la existencia de una clase de obreros «libres»: libres en el doble sentido de que no son propiedad de nadie (como los esclavos) y, crucialmente, están «libres» de cualquier propiedad sobre los medios de producción, obligados por tanto a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. La creación de esta clase no fue un proceso natural, sino el resultado de una violencia política y estatal sistemática.

Los procesos históricos que constituyen esta acumulación originaria son la verdad reprimida que el mito del «Hombre Hecho a sí Mismo» debe ocultar. Uno de estos procesos fue el Movimiento de Cercamientos (Enclosure Movement), que desde el siglo XV en Inglaterra, y con una intensidad brutal entre 1750 y 1850, llevó a la expropiación sistemática de las tierras comunales de los campesinos. Mediante miles de decretos parlamentarios, las tierras de las que dependía la subsistencia de la población rural fueron privatizadas y cercadas, convirtiéndose en propiedad exclusiva de grandes terratenientes. Este proceso, justificado por la necesidad de una agricultura más «eficiente», destruyó la base material de la autonomía campesina y arrojó a millones de personas a la miseria, creando una vasta masa de «proletarios libres y desheredados» sin más opción que migrar a los centros urbanos en busca de trabajo. La famosa «limpieza de fincas» (Clearing of Estates), como la llevada a cabo por la Duquesa de Sutherland en Escocia, que expulsó a 15,000 personas para reemplazarlas por 131,000 ovejas, ejemplifica la brutalidad de esta transformación. Otro momento fundacional fue el saqueo colonial: el descubrimiento de oro y plata en América, el exterminio y la esclavización de las poblaciones indígenas, la conquista y el pillaje de las Indias Orientales, y la conversión de África en un coto para la caza de esclavos negros no fueron efectos secundarios del capitalismo, sino momentos fundacionales de su acumulación. El capital que fluyó a Europa desde las colonias, extraído mediante el trabajo forzado y el saqueo directo, fue una palanca fundamental para el despegue de la industria. Finalmente, se requirió la creación de una fuerza de trabajo disciplinada. La población recién expropiada no se transformó dócil y voluntariamente en una fuerza de trabajo industrial, sino que fue sometida mediante el poder coercitivo del Estado. A lo largo de Europa, se promulgó una «legislación sanguinaria» contra el vagabundeo. Leyes como la Vagrancy Act de 1824 en Inglaterra criminalizaban la mendicidad y el hecho de dormir en la calle, castigando a los «padres de la clase obrera moderna» por el crimen de haber sido despojados de sus medios de vida. Estas leyes, junto con la supresión de los salarios, la prohibición de las coaliciones obreras y la institucionalización de la pobreza en los workhouses (casas de trabajo), funcionaron como un aparato de terror estatal para forzar a la población a someterse a la nueva disciplina de la fábrica.

La figura heroica del «Hombre Hecho a sí Mismo» es, por tanto, la inversión ideológica directa de la figura histórica del «Hombre Deshecho»: el productor que fue violentamente despojado de sus medios de subsistencia. El mito funciona borrando sus propias precondiciones sangrientas. El emprendedor no creó su riqueza en un vacío; emergió en un mundo donde una fuerza de trabajo ya había sido creada para él a través de la violencia estatal. El héroe de la historia es, en realidad, el beneficiario de un crimen que la propia idiosincrasia capitalista niega que haya ocurrido. Esta lógica de desposesión no es un evento del pasado, sino un proceso continuo. El geógrafo David Harvey actualiza el concepto de Marx con el de «acumulación por desposesión», argumentando que prácticas neoliberales como la privatización de bienes públicos (agua, sanidad), la financiarización, la gestión de crisis para imponer ajustes estructurales y las redistribuciones estatales regresivas son las formas contemporáneas de este mismo proceso fundacional de despojo.

La Propiedad Privada como Derecho Natural: La Razón Colonial de John Locke
Si la acumulación originaria es la práctica histórica del despojo, la teoría de la propiedad de John Locke es su coartada filosófica. En su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, Locke articula el mito fundacional que apuntala toda la superestructura legal y moral del capitalismo: la idea de que la propiedad privada es un derecho natural, pre-político y universal, que emana directamente de la Razón y de Dios. El argumento es seductoramente simple: Dios entregó el mundo a los hombres en común, pero cada hombre tiene una propiedad en su propia persona. Por consiguiente, cuando un individuo «mezcla su trabajo» con algo de la naturaleza, lo extrae del estado común y lo convierte en su propiedad legítima, excluyendo el derecho de los demás.

Sin embargo, un análisis crítico revela que esta teoría, lejos de ser universal, fue construida para un propósito político muy específico: justificar y dar un «sentido de moralidad» a la colonización inglesa de América y a la expropiación de las tierras indígenas. La universalidad de la Razón lockeana enmascara una lógica profundamente colonial. Primero, la definición colonial del «trabajo» no es neutra; está implícitamente definida como la agricultura sedentaria y comercial al estilo europeo. Las formas de uso de la tierra de los pueblos indígenas —caza, recolección, agricultura comunal y de subsistencia— no son reconocidas como «trabajo» legítimo. Desde esta perspectiva, los nativos no «mejoran» la tierra, por lo que esta permanece en un estado de naturaleza, considerada «baldía» (waste) o «vacante» y, por tanto, disponible para ser apropiada por los «industriosos y racionales» (los colonos ingleses) que sí la trabajarán «correctamente». Segundo, la aparente limitación a la apropiación, conocida como el «proviso lockeano» —la obligación de dejar «suficiente y de la misma calidad en común para los demás» — es anulada por su propio argumento sobre la productividad. Locke sostiene que una hectárea de tierra cercada y cultivada es diez, o incluso cien veces más productiva que una hectárea dejada en común. Por lo tanto, el apropiador privado no disminuye, sino que aumenta el acervo común de la humanidad al generar más bienes. Este argumento justifica la eliminación total de los bienes comunales, presentando la privatización no como un acto de despojo, sino como un beneficio para toda la sociedad. Tercero, la prohibición de apropiarse de más de lo que uno puede usar antes de que se eche a perder es ingeniosamente superada por la introducción del dinero. Al ser un bien no perecedero, el dinero permite a los individuos acumular el valor de su producto más allá de sus necesidades de subsistencia sin violar la ley natural. Esto, según Locke, constituye un «consentimiento tácito» a una posesión de la tierra «desproporcionada y desigual», legitimando así las vastas fortunas y la desigualdad que eran imposibles en una economía sin moneda.

La teoría de Locke, por tanto, funciona como una tecnología de deshumanización y expropiación. Crea una jerarquía implícita de la persona humana. El colono inglés, el farmer «industrioso y racional», es el sujeto de derechos por excelencia. El nativo americano, al no realizar el tipo de trabajo que la teoría valida, es relegado a un estatus inferior, y su derecho ancestral a la tierra es anulado filosóficamente antes de serlo militarmente. De manera aún más extrema, el esclavo africano es excluido por completo del estatus de persona; no es un sujeto capaz de poseer propiedad (ni siquiera la de su propio cuerpo), sino que es definido como propiedad. La ley natural de Locke, que se presenta como el fundamento de la libertad universal, se revela así como la razón colonial que justifica la expropiación, la esclavitud y la génesis de un sistema de propiedad privada ilimitada sobre una base de exclusión racial y violencia. Transforma un acto político de conquista en la realización de un destino filosófico y divino.

Parte III: Los Mecanismos de Ocultación Ideológica
El Valor “Subjetivo” de la Mercancía: El Fetichismo del Intercambio y la Ocultación de la Explotación
En el panteón de los mitos capitalistas, la teoría del valor subjetivo (TVS) ocupa un lugar central como el mecanismo ideológico que purga la economía de toda traza de conflicto social. Postulada por la escuela neoclásica y austriaca, esta teoría sostiene que el valor de un bien o servicio no es una propiedad intrínseca, sino que se establece en la mente del individuo en función de la utilidad o satisfacción que espera obtener de él. El precio de mercado, por tanto, emerge del encuentro de estas valoraciones subjetivas en el acto del intercambio.

La operación ideológica de la TVS es una maniobra de distracción magistral: desplaza el foco analítico de la esfera de la producción a la esfera de la circulación (el mercado). Al hacerlo, la economía se transforma en un teatro de individuos soberanos que toman decisiones racionales y realizan intercambios voluntarios para maximizar su utilidad. En este escenario, las relaciones sociales de producción —la estructura de clases, la propiedad de los medios de producción, el proceso laboral— se vuelven invisibles y, por tanto, irrelevantes para la determinación del valor.

Para desvelar lo que esta teoría oculta, es necesario reintroducir la teoría del valor-trabajo (TVT), desarrollada por los economistas clásicos y culminada por Marx. La TVT sostiene que lo que permite que mercancías cualitativamente distintas (un par de zapatos, una tonelada de trigo) sean intercambiables en proporciones determinadas es que todas ellas comparten una sustancia común: son producto del trabajo humano abstracto, medido por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción.

Desde esta perspectiva, la fuente de la ganancia capitalista (plusvalía) no se encuentra en el acto de «comprar barato y vender caro» en el mercado, sino en la «morada oculta de la producción». Allí, el capitalista compra una mercancía única: la fuerza de trabajo del obrero. El valor de esta mercancía (el salario) está determinado por el costo de su reproducción (los bienes necesarios para que el trabajador y su familia sobrevivan). Sin embargo, durante la jornada laboral, el obrero produce un valor superior al de su propio salario. Esta diferencia entre el valor creado por el trabajo y el valor de la fuerza de trabajo es la plusvalía, el trabajo no remunerado que el capitalista se apropia y que constituye la fuente de toda ganancia y acumulación. Es por esta razón que no existen salarios justos en el capitalismo, pues todo aumento del salario para que sea “justo y suficiente para prosperar” implica subir precios para conservar la plusvalía.

El debate entre la TVS y la TVT no es, por tanto, una disputa técnica entre economistas, sino una batalla política fundamental sobre la naturaleza misma de la economía. La TVS produce una visión del capitalismo como una red de intercambios libres y equitativos entre agentes iguales, un sistema armónico donde los precios reflejan las preferencias democráticas de los consumidores. Esta visión naturaliza el orden existente. Por el contrario, la TVT revela la economía como un campo de antagonismo de clases estructurado, donde el intercambio aparentemente libre en el mercado enmascara una relación de explotación fundamental en la producción.

La hegemonía de la TVS en la economía ortodoxa no se debe, por tanto, a una superioridad explicativa, sino a su inmensa utilidad ideológica. Es una teoría que logra explicar los precios precisamente porque ignora sistemáticamente el origen de la ganancia. Al centrarse en la psicología del consumidor y el fetichismo del intercambio, la TVS convierte una relación social de poder en un problema técnico de asignación de recursos, haciendo que la explotación sea teóricamente invisible y, por ende, políticamente inexistente.

La «Mano Invisible» y el Libre Mercado Autorregulado: El Autómata Divino y su Puño Militarizado
Pocos mitos han alcanzado el estatus cuasi-religioso de la «Mano Invisible», la metáfora que supuestamente resume la fe del capitalismo en un mercado autorregulado que produce armonía social a partir del egoísmo individual. Esta creencia funciona como el motor teológico del sistema, prometiendo un orden espontáneo y eficiente que trasciende la necesidad de planificación o intervención consciente. Sin embargo, esta interpretación popular es una profunda distorsión ideológica del pensamiento original de Adam Smith y oculta la realidad material y violenta que sostiene al mercado global.

El análisis histórico de la obra de Smith revela que la «mano invisible» fue una metáfora marginal, utilizada solo tres veces en toda su producción escrita. En La Teoría de los Sentimientos Morales, se refiere a cómo los ricos, al buscar su propia satisfacción, son llevados por una «mano invisible» a distribuir las necesidades de la vida, sirviendo así a un propósito providencial. En La Riqueza de las Naciones, describe cómo un individuo, al preferir invertir en la industria nacional por su propia seguridad, promueve el interés de la sociedad sin pretenderlo. En ningún caso Smith la utilizó para describir un mecanismo de equilibrio de mercado basado en la oferta y la demanda. Su pensamiento estaba inmerso en un marco filosófico y teológico del siglo XVIII, donde la metáfora aludía a las consecuencias no intencionadas de la acción humana dentro de un universo ordenado por la providencia, no a un autómata de mercado omnisciente. La transformación de esta idea limitada en un dogma universal del laissez-faire fue una construcción ideológica posterior, llevada a cabo por economistas neoliberales para justificar la desregulación y la primacía del mercado sobre el Estado.

Este mito de una fuerza invisible, etérea y pacífica que regula la economía global choca frontalmente con la realidad material de su mantenimiento. Como observó el columnista Thomas Friedman, «la mano invisible del mercado nunca funcionará sin un puño oculto». Este «puño oculto» (hidden fist) es el poder coercitivo del Estado, y en la era de la globalización, primordialmente el poder militar de los Estados Unidos. El orden capitalista global no se sostiene por una armonía espontánea, sino por una vasta y costosa infraestructura de violencia. Un elemento clave es el control militar de las rutas comerciales. Dado que el 90% del comercio mundial viaja por mar, la «libertad de navegación» no es un estado natural, sino una condición impuesta y mantenida por el poder naval dominante, principalmente la Marina de los EE. UU., que patrulla puntos estratégicos para asegurar el flujo de mercancías y petróleo. Otro componente es el «imperio de bases» que, como documentó Chalmers Johnson, Estados Unidos mantiene a nivel global. Esta red de cientos de instalaciones militares no tiene un propósito puramente defensivo, sino que funciona como la infraestructura de la hegemonía estadounidense, permitiendo la proyección de poder para proteger los intereses económicos que sustentan el mercado global.

La mano invisible y el puño oculto no son, por tanto, fuerzas opuestas, sino dos caras de la misma moneda; mantienen una relación dialéctica. El mito de la mano invisible es el software ideológico que legitima la violencia del puño oculto. Presenta al mercado como una esfera natural y apolítica, separada del Estado. De este modo, la intervención militar para asegurar un yacimiento petrolífero o una ruta marítima no se percibe como una interferencia en el mercado, sino como la «protección» de las condiciones previas para que el mercado «libre» pueda funcionar. La ideología de la invisibilidad sirve para hacer políticamente invisible el aparato coercitivo masivo que es, de hecho, constitutivo del orden de mercado. El «libre mercado» es, en realidad, el sistema económico más intensamente vigilado y militarizado de la historia.

La Meritocracia y la Igualdad de Oportunidades: La Jerarquía Justificada y el «Piso de Cristal»
El mito de la meritocracia es quizás la justificación moral más potente y seductora del capitalismo contemporáneo. Promete una sociedad donde la jerarquía no se basa en el privilegio del nacimiento, sino en el talento, la inteligencia y el esfuerzo individual. Es la ideología del «sueño americano», que postula una igualdad de oportunidades fundamental donde cualquiera, sin importar su origen, puede ascender en la escala social si trabaja lo suficiente. Sin embargo, esta narrativa es una doble falsificación: no solo traiciona sus propias promesas en la práctica, sino que su origen conceptual fue una advertencia distópica, no un ideal a perseguir.

El término «meritocracia» fue acuñado en 1958 por el sociólogo y político laborista británico Michael Young en su novela satírica «El ascenso de la meritocracia». Lejos de proponer un modelo social deseable, Young imaginó un futuro distópico en el que una nueva élite, justificada por su puntuación en test de inteligencia y su eficiencia (Mérito = CI + Esfuerzo), gobierna con una arrogancia sin precedentes, mientras que la clase trabajadora, ahora despojada de cualquier excusa para su fracaso, se hunde en la desmoralización. Para Young, una sociedad que estratifica a sus ciudadanos basándose en una definición estrecha de «mérito» sería aún más despiadada y socialmente fracturada que la antigua aristocracia. La gran ironía de la historia es que este término crítico fue vaciado de su contenido satírico y adoptado con entusiasmo por políticos liberales y neoliberales como un ideal positivo, convirtiéndose en sinónimo de justicia y equidad.

La promesa meritocrática se desmorona al confrontarla con la realidad empírica de la movilidad social. Los datos de las economías avanzadas pintan un cuadro de profunda inercia social, con un «ascensor social roto». La movilidad social intergeneracional es extremadamente baja; según la OCDE, en un país promedio se necesitarían entre cuatro y cinco generaciones para que un descendiente de una familia del 10% más pobre alcance el ingreso medio. El Foro Económico Mundial sitúa a las grandes economías como Estados Unidos y el Reino Unido con un rendimiento mediocre en movilidad social. La situación en España es particularmente preocupante, con indicadores de desigualdad de renta y riesgo de pobreza consistentemente peores que la media de la Unión Europea. Por ejemplo, el ratio de desigualdad de renta (S80/S20) en España es de 5.63, significativamente mayor que la media europea de 4.74, lo que indica que el 20% más rico tiene 5.6 veces más ingresos que el 20% más pobre. El índice de Gini también refleja una mayor desigualdad general (32.0 frente a 29.6), y la tasa de riesgo de pobreza es casi cuatro puntos superior a la media de la UE (20.4% frente a 16.5%). Esto se traduce en un «ascensor social» más lento, necesitando aproximadamente cinco generaciones para que un descendiente de una familia pobre alcance la renta media, en comparación con la media de 4.5 de la OCDE. Además, la discusión sobre la movilidad social a menudo se centra en la falta de ascenso, pero el fenómeno complementario es igualmente crucial: la falta de descenso, un fenómeno conocido como el «piso de cristal» (glass floor) o la «acumulación de ventajas» (opportunity hoarding) que protege a los hijos de las familias acomodadas de la movilidad descendente. Estudios en el Reino Unido y EE. UU. han demostrado que los niños menos capaces de familias ricas tienen, en promedio, mejores resultados económicos que los niños más capaces de familias pobres. El capital económico, social y cultural de los padres actúa como un colchón que asegura la transmisión intergeneracional del privilegio, independientemente del «mérito» individual.

En última instancia, la meritocracia no es el antídoto contra la aristocracia, sino su forma moderna y más legitimadora. Reemplaza la justificación del privilegio basada en el linaje por una nueva justificación basada en el talento y el esfuerzo, que son presentados como atributos puramente individuales. Esta ideología es más perniciosa porque, como advierte Michael Sandel, genera arrogancia en los ganadores, que creen merecer plenamente su éxito, y humillación en los perdedores, que son llevados a creer que su fracaso es su propia culpa. Al individualizar el éxito y el fracaso, la meritocracia disuelve la solidaridad de clase y neutraliza la ira política, convirtiendo la injusticia estructural en un drama de responsabilidad personal. El «piso de cristal» demuestra que la función real del sistema no es promover la movilidad, sino gestionar y legitimar la herencia de la posición de clase en una era que se avergüenza de admitir la existencia de una aristocracia.

Conclusión: Hacia la Ruptura del Realismo Capitalista
El análisis precedente ha desmantelado los mitos fundacionales del capitalismo, no como errores aislados o falsedades discretas, sino como los engranajes interconectados de una vasta máquina ideológica. El «Hombre Hecho a sí Mismo», la «Mano Invisible», la «Meritocracia» y el «Derecho Natural a la Propiedad» no son simplemente historias que el capitalismo cuenta sobre sí mismo; son los operadores semióticos que producen y sostienen activamente lo que Mark Fisher denominó «Realismo Capitalista».

El Realismo Capitalista es la consecuencia política y afectiva final de esta constelación mítica. Es la «atmósfera generalizada» que actúa sobre la conciencia como una ley natural, insistiendo no solo en que el capitalismo es el único sistema político y económico viable, sino que ahora es imposible incluso imaginar una alternativa coherente. Esta es la victoria ideológica definitiva: la clausura de la imaginación política. La famosa formulación, atribuida a Fredric Jameson y Slavoj Žižek y central en el pensamiento de Fisher, captura esta condición con una precisión brutal: «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». Las distopías cinematográficas ya no imaginan sociedades post-capitalistas (Star Trek); imaginan el colapso de la civilización, pero dentro de un marco donde las relaciones de propiedad y las lógicas de mercado persisten obstinadamente entre las ruinas (Fallout).

Este realismo induce un estado subjetivo de «impotencia reflexiva». La población es plenamente consciente de la brutalidad, la irracionalidad y la injusticia del sistema. Se reconocen sus fallas catastróficas —la crisis climática, la epidemia de enfermedades mentales, la expansión de una burocracia sin sentido—, pero esta conciencia no se traduce en una agencia política transformadora. En su lugar, genera una resignación cínica. Los gestos de anticapitalismo son anticipados, mercantilizados y vendidos de nuevo como productos de consumo, reforzando el sistema que pretenden criticar. La rebelión se convierte en una pose estética, una camiseta del Che Guevara fabricada en una maquiladora.

Por lo tanto, este ensayo no concluye con un conjunto de propuestas políticas o reformas que operarían dentro de la lógica del sistema existente. Tal conclusión sería, en sí misma, una capitulación ante el realismo capitalista. El acto mismo de desmontar estos mitos fundacionales —de exponer su violencia histórica, su lógica colonial, su ocultación de la explotación y su justificación fraudulenta de la desigualdad— es una praxis política fundamental. Es el trabajo teórico necesario para despejar el terreno ideológico, para romper el hechizo de la inevitabilidad.

La crítica del mito no es un sustituto de la acción, sino su precondición. Es el esfuerzo por desnaturalizar lo que se nos presenta como natural, por repolitizar lo que ha sido despolitizado y por rehistorizar lo que se ha presentado como eterno. Al demostrar que los pilares del capitalismo no son verdades universales, sino construcciones violentas y contingentes, se reabre un horizonte donde una alternativa no solo es deseable, sino, una vez más, concebible. El objetivo no es «mejorar» el capitalismo, sino escapar de él. Comenzar a imaginar, colectivamente, un futuro post-capitalista.

Etiquetas

Categorías

Deja un comentario

Salvador Covarrubias

Ensayos teórico-críticos sobre política y filosofía militante

Una única vez
Mensual
Anual

Haz una donación única

Haz una donación mensual

Haz una donación anual

Elige una cantidad

MX$5,00
MX$15,00
MX$100,00
MX$5,00
MX$15,00
MX$100,00
MX$5,00
MX$15,00
MX$100,00

O introduce una cantidad personalizada

MX$

Gracias por tu contribución.

Gracias por tu contribución.

Gracias por tu contribución.

DonarDonar mensualmenteDonar anualmente