El capitalismo tardío, en su fase neoliberal, se caracteriza por una pulsión totalizadora: la extensión de la lógica de mercado a todas las esferas de la existencia humana, incluyendo aquellas que se consideraban su refugio. El amor, el deseo y la intimidad han sido colonizados, transformados en sitios de competencia, branding personal y consumo. Este proceso no es meramente metafórico; se ha materializado en una infraestructura tecnológica concreta. Las aplicaciones de citas y las redes sociales funcionan como aparatos de una cultura de romance mercantilizada, plataformas donde los individuos son coaccionados a convertirse en emprendedores de sí mismos, gestionando su perfil como una marca que debe optimizarse para competir en un mercado de atención.
En este «mercado sexual», la lógica de la mercancía, analizada por Marx, alcanza su expresión más íntima y alienante. La distinción fundamental entre valor de uso (las cualidades intrínsecas de una persona, su capacidad para la conexión emocional, la solidaridad o el intelecto) y valor de cambio (su valor cuantificable en el mercado, determinado por la deseabilidad de su apariencia física, su estatus social o su capital cultural) se vuelve operativa. El diseño de estas plataformas prioriza de forma abrumadora el valor de cambio: la selección se basa en imágenes, biografías concisas y métricas de popularidad. El resultado es una profunda deshumanización: las personas son reducidas a un conjunto de atributos intercambiables, un producto a ser evaluado, consumido y descartado con la misma lógica efímera de un swipe. Es sobre este terreno de alienación programada, donde la intimidad se convierte en trabajo alienado, donde germinan las subjetividades fracturadas que este ensayo analiza.
El Algoritmo como Aparato Ideológico del Estado (AIE) Tecno-Histórico
Desde una perspectiva materialista tecno-histórica, una plataforma como TikTok no puede ser analizada como una herramienta neutral de comunicación; es la encarnación de la fusión entre la base económica y la superestructura ideológica. Su base es un modelo de negocio extractivista que monetiza la atención; su imperativo económico es maximizar el tiempo de permanencia y el engagement del usuario para vender más publicidad. Su superestructura es la producción ideológica que resulta necesariamente de este imperativo económico. El contenido que se promueve no es el más verdadero o el más beneficioso, sino el que genera la mayor cantidad de interacciones.
Aplicando el concepto de Louis Althusser, el algoritmo de recomendación de TikTok funciona como un Aparato Ideológico del Estado (AIE) descentralizado, privatizado y extraordinariamente eficiente. La función de un AIE es asegurar la reproducción de las relaciones de producción, es decir, las condiciones que permiten que el sistema capitalista se perpetúe. El algoritmo logra esto de una manera insidiosa: al detectar empíricamente que el contenido tóxico, polarizante y partidista genera un engagement significativamente mayor que el contenido neutral o matizado, lo amplifica sistemáticamente. Este proceso crea «cámaras de eco» y «burbujas de filtro» que no solo reflejan las divisiones sociales, sino que las producen y las exacerban activamente. El algoritmo, por tanto, no es un simple espejo de la sociedad; es un motor de polarización. Al enfrentar a estas identidades antagónicas, escenifica una guerra cultural que es, en última instancia, un espectáculo rentable. Este conflicto gestionado sirve a una función ideológica crucial: desvía el descontento y la ansiedad generados por la precariedad económica hacia batallas identitarias, impidiendo que la rabia se dirija contra el sistema mismo.
La emergencia del fenómeno incel no es una anomalía psicológica, sino la consecuencia lógica y terminal de la internalización total de esta ideología de mercado en la esfera del deseo. Es la manifestación superestructural de una base económica que lo ha mercantilizado todo. El proyecto neoliberal postula que todos los aspectos de la vida, sin excepción, pueden y deben ser gestionados a través de la racionalidad del mercado. Esto se aplica rigurosamente a las relaciones íntimas, dando lugar a un «mercado» donde los individuos se conciben a sí mismos como «marcas» en competencia. La ideología incel, particularmente en su vertiente más nihilista conocida como la «Blackpill», lleva esta lógica a su conclusión fatalista. Se fundamenta en un determinismo biológico donde el «valor de mercado sexual» (SMV) de un hombre está irrevocablemente fijado por su apariencia física y su genética («lookism»). Este es el lenguaje del mercado en su forma más pura y brutal: un capital genético inmutable, sin posibilidad de movilidad social o de acumulación a través del «trabajo».
El sujeto incel, por tanto, es aquel que se percibe a sí mismo como un producto fallido, un activo sin valor en el único mercado que le han dicho que importa. Ha aceptado completamente la premisa fundamental del sistema (el valor de un individuo se mide por su éxito en el intercambio), pero se encuentra estructuralmente excluido de la posibilidad de participar en él. Su nihilismo no es una elección filosófica, sino la conclusión racional de un emprendedor que ha quebrado en un mercado totalitario. Si un producto no tiene valor de cambio, no tiene valor en absoluto. Desde esta perspectiva, las dos «soluciones» que su ideología ofrece —el suicidio (la «liquidación» del activo sin valor) o la violencia masiva (una «toma hostil» del mercado que lo ha rechazado) — son metáforas económicas llevadas a su conclusión literal y sangrienta. El incel es, paradójicamente, el producto más puro y a la vez el cortocircuito más violento del proyecto neoliberal de mercantilización total.
El fife, por su parte, es la subjetividad que emerge como defensa reaccionaria de una masculinidad hegemónica en plena crisis estructural. Sus características definitorias —el machismo, la misoginia, la homofobia y una propensión a la agresión verbal — no deben ser interpretadas como meros rasgos de personalidad o fallas morales individuales. Son, en cambio, las armas ideológicas de un sujeto que se atrinchera para defender un orden patriarcal cuya base material ha sido sistemáticamente erosionada por la precariedad del capitalismo neoliberal. El arquetipo del hombre como único proveedor, cabeza de una familia nuclear estable, ha sido desmantelado por la inestabilidad laboral y la necesidad económica de múltiples ingresos, generando una profunda ansiedad de estatus.
Incapaz de articular una crítica a las condiciones económicas que lo debilitan, el fife redirige su frustración hacia enemigos simbólicos. Se aferra a los significantes más burdos y estereotipados de la masculinidad tradicional: la pasión desmedida por el fútbol (de ahí su nombre, derivado del videojuego FIFA), la camaradería masculina excluyente y, sobre todo, el desprecio militante por todo aquello que percibe como una amenaza a su identidad: el feminismo, la diversidad sexual y la fluidez de género. Su antagonismo explícito con la comunidad potaxie es la manifestación más clara de esta dinámica. El potaxie, con su estética queer y su rechazo a las normas de género, representa la encarnación de la amenaza. El conflicto que se libra en TikTok es, por tanto, una «guerra de posiciones» en el sentido gramsciano, una lucha por la hegemonía cultural librada en el terreno semiótico de los memes, los audios virales y los avatares digitales.
Si el fife representa la lucha reaccionaria por mantener un estatus en el mercado sexual, el incel encarna la aceptación total de la derrota. Esta subjetividad se constituye a partir de la ideología de la «Blackpill», una forma de materialismo vulgar y determinista que funciona como una perversión oscura de la crítica estructural. En esta cosmovisión, la «base» que determina la vida social no son las relaciones de producción económica, sino una jerarquía biológica inmutable basada en la apariencia física. La «superestructura» son las elecciones de las mujeres, supuestamente gobernadas por un instinto de «hipergamia» que las impulsa a buscar únicamente a los hombres genéticamente superiores (los «Chads»).
Las comunidades incel, que proliferan en foros anónimos como Reddit, 4chan y sitios dedicados, funcionan como cámaras de eco que amplifican y solidifican este fatalismo. En estos espacios, se cultiva una identidad de victimismo compartida donde cualquier intento de superación personal es ridiculizado como una ingenua creencia en la «Redpill» (la idea de que se puede mejorar y competir en el mercado). El lenguaje que desarrollan es una tecnología de deshumanización: las mujeres son reducidas a objetos subhumanos («femoids») o arquetipos inalcanzables («Stacys»), vaciándolas de toda agencia o subjetividad. Esta deshumanización sistemática es la precondición ideológica para la violencia en el mundo real. Los ataques y masacres perpetrados por individuos que se identifican como incels no son actos de locura aislada, sino la manifestación material y terrorista de una ideología que ve en la aniquilación una forma de venganza contra un sistema biológico y social que los ha declarado genéticamente obsoletos y los ha condenado a una vida de celibato involuntario.
El conflicto entre potaxies y fifes, lejos de ser un debate cultural espontáneo, debe ser analizado como un mecanismo de control ideológico, un AIE algorítmico, diseñado para gestionar la crisis de la masculinidad neoliberal. El proceso opera de la siguiente manera: primero, el capitalismo en su fase actual genera una profunda precariedad que erosiona los roles masculinos tradicionales, produciendo una masa de sujetos masculinos frustrados, ansiosos y alienados; la materia prima perfecta para la formación de identidades como la del fife o el incel. Segundo, de acuerdo con la teoría de Althusser, la función principal de un AIE es reproducir las relaciones de producción existentes gestionando las contradicciones ideológicas que amenazan al sistema. La contradicción fundamental aquí es la incapacidad del sistema para ofrecer a los hombres la estabilidad y el estatus que su propia ideología patriarcal les sigue prometiendo. Tercero, el algoritmo de TikTok, cuyo único objetivo es maximizar el engagement para generar ganancias, interviene en esta contradicción. Identifica este antagonismo latente y lo materializa, lo convierte en contenido. Promueve y enfrenta activamente al fife (el avatar del viejo orden patriarcal) y al potaxie (el avatar de todo lo que amenaza ese orden: lo queer, lo femenino, lo no normativo). Cuarto, esta «guerra cultural» artificialmente amplificada funciona como una válvula de escape ideológica. La rabia del fife, que podría dirigirse contra las estructuras económicas que lo precarizan (el empleador, el banco, el casero), es redirigida hacia un enemigo simbólico y contenido: el potaxie. La lucha de clases material se sublima en una batalla por la hegemonía semiótica (memes, estéticas, lenguaje). Por lo tanto, TikTok como AIE no reprime la crisis de la masculinidad, sino que la gestiona. La transforma en un espectáculo rentable, una guerra de avatares que mantiene a los sujetos ocupados en un conflicto superestructural, garantizando que la base económica que origina el problema permanezca incuestionada. Es una forma sofisticada de contrainsurgencia semiológica.
La subjetividad femcel (female involuntary celibate) es quizás la más compleja y reveladora de la lógica astuta del sistema capitalista. A diferencia de la rabia misógina del incel, la frustración de la femcel se dirige, al menos inicialmente, hacia una crítica sistémica: su exclusión del mercado sexual se atribuye a los estándares estéticos inalcanzables impuestos por la sociedad. Este es el germen de una conciencia política, un reconocimiento de que el problema no es individual, sino estructural.
Sin embargo, esta crítica incipiente es inmediatamente capturada y neutralizada por lo que Deleuze y Guattari denominan la «axiomática capitalista». El sistema no opera con códigos fijos, sino con un conjunto de reglas flexibles que le permiten añadir nuevos axiomas para integrar y gestionar los flujos que amenazan con escapar. Ante el flujo de descontento femenino, el sistema añade un axioma de control: la solución a la opresión de los estándares de belleza no es la abolición del mercado que los impone, sino una participación más eficaz en él. Esta solución se materializa en la práctica del «looksmaxxing».
El looksmaxxing debe ser deconstruido como la transformación de una potencial crítica política en un proyecto individualista de auto-optimización y consumo. Abarca desde prácticas «suaves» (rutinas de cuidado de la piel, ejercicio, moda) hasta prácticas «duras» (cirugía estética, dietas extremas). Es la internalización total de la ideología neoliberal de que la solución a un problema estructural es siempre individual y se encuentra en el mercado. La femcel, por tanto, encarna la perfecta cooptación de la disidencia. Representa una línea de fuga potencial —la crítica a la tiranía de la belleza— que es inmediatamente re-territorializada en el corazón mismo del sistema de consumo, convirtiendo la angustia en un motor para la compra de productos y servicios.
En este panorama de subjetividades reactivas y cooptadas, el fenómeno potaxie emerge como la única línea de fuga potencialmente genuina. Su origen mismo, surgido de la cultura del meme (la figura de Jiafei, un constructo digital a partir de estrellas del pop chino), su estética deliberadamente queer, surrealista y colorida, y su abrazo del humor absurdo, constituyen una guerra semiológica contra la seriedad mortal del patriarcado y la lógica de mercado del fife y el incel.
La creación de un «universo potaxiano» con su propia cosmología y mitología (como las «leyendas sobre puchainas») puede ser interpretada como un acto de producción de una realidad alternativa, un rechazo a la doxa de lo que Mark Fisher llamó «Realismo Capitalista». Es una forma de resistencia que opera exclusivamente en el terreno de la superestructura, utilizando la parodia y la reapropiación para deconstruir los códigos de género y celebrar la inclusión y la diversidad. El uso del aguacate como símbolo, originado en un video viral donde la palabra «potasio» era mal pronunciada, es emblemático de su método: tomar elementos aleatorios de la cultura digital y cargarlos de un nuevo significado político y comunitario.
Sin embargo, esta resistencia puramente semiótica y estética enfrenta un peligro constante: la mercantilización. A medida que la cultura potaxie se vuelve viral y su estética se populariza, corre el riesgo inminente de ser absorbida por el sistema como una nueva identidad de nicho, un estilo de vida consumible que pierde su filo subversivo. La inclusión del término y su estética en campañas de marketing por parte de corporaciones como Netflix es un ejemplo claro de este proceso de cooptación. La pregunta crítica que permanece es si esta línea de fuga puede mantener su potencial revolucionario o si será, como tantas otras antes, re-territorializada por la axiomática del capital como una nueva y rentable categoría de mercado.
El enfrentamiento entre estas subculturas no es solo una batalla de ideas o imágenes, sino una lucha que se libra en el plano del trabajo afectivo. El capitalismo tardío, al atomizar a los individuos y precarizar la vida, genera una profunda crisis de salud mental y afectiva, caracterizada por la soledad, la ansiedad y la desesperanza. Las comunidades en línea se convierten en espacios cruciales para el procesamiento colectivo de estos afectos. La labor de crear, mantener y modular la atmósfera emocional dentro de estas comunidades es una forma de «trabajo afectivo» no remunerado pero esencial.
Desde esta perspectiva, las comunidades incel y potaxie realizan trabajos afectivos diametralmente opuestos. La comunidad incel se dedica a un «trabajo afectivo negativo»: sus miembros se refuerzan mutuamente en la desesperanza, celebran el fracaso como prueba de su cosmovisión, y alientan activamente el nihilismo y la autocompasión. Producen y hacen circular el afecto de la alienación, creando una atmósfera tóxica que aísla aún más a sus miembros. La comunidad potaxie, por el contrario, realiza un «trabajo afectivo positivo». A través de la creación de contenido humorístico, la celebración de la diversidad y el apoyo mutuo explícito contra la homofobia y la misoginia, construyen una identidad colectiva inclusiva y festiva. Producen y hacen circular los afectos de la solidaridad, la alegría y la resistencia. Por lo tanto, la guerra semiológica es también una guerra de atmósferas afectivas. Los potaxies están construyendo un refugio afectivo contra la toxicidad producida por el sistema, demostrando que la producción de afectos colectivos puede ser en sí misma una praxis política, un intento de construir un mundo nuevo en la cáscara del viejo a nivel emocional.
El análisis precedente ha desmantelado el conflicto digital entre potaxies, fifes, incels y femcels, revelándolo no como un capricho de la cultura juvenil, sino como el reflejo superestructural directo de una crisis profunda en la base material: la incapacidad del capitalismo neoliberal para reproducir las relaciones de género y la intimidad de una manera estable y no patológica. La mercantilización total del deseo ha llevado la alienación a su punto de ruptura, produciendo subjetividades fracturadas que libran una guerra de avatares en las plataformas que se benefician de su conflicto.
La evaluación de estas subjetividades desde una perspectiva revolucionaria pragmática revela trayectorias divergentes. Los fifes e incels representan callejones sin salida. El fife es la encarnación de una defensa reaccionaria y violenta de un pasado patriarcal que no puede volver. El incel es la implosión del sujeto bajo la lógica totalitaria del mercado, una subjetividad terminal cuyo único horizonte es la autodestrucción o la violencia nihilista. La femcel, por su parte, encarna la astucia de la axiomática capitalista, su capacidad para absorber la crítica y convertirla en un motor para el consumo, neutralizando eficazmente su potencial subversivo.
Los potaxies representan la única línea de fuga genuina en este panorama, aunque su posición es inherentemente precaria. Su resistencia semiótica, basada en la parodia, la estética queer y la producción de afectos solidarios, abre una brecha en la hegemonía ideológica del sistema. Demuestran que es posible crear realidades y comunidades alternativas, aunque sea en el terreno inmaterial de lo digital. Su supervivencia como fuerza subversiva depende de su capacidad para resistir la cooptación y, crucialmente, para conectar su lucha cultural con una crítica material más amplia de las estructuras económicas que producen la miseria que combaten simbólicamente.
En última instancia, esta guerra superestructural no es un fin en sí mismo, sino un campo de batalla crucial. La existencia misma de la comunidad potaxie, un sujeto colectivo que responde a la alienación con creatividad, humor y solidaridad queer, es la prueba material de que el Realismo Capitalista no es total, de que su hechizo puede romperse. La guerra de los avatares, lejos de ser un delirio sin sentido, es el síntoma febril de que la máquina está fallando. Y es precisamente en esos fallos, en esas líneas de fuga, donde reside la posibilidad de imaginar, y de luchar por, un futuro más allá de ella.

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