La proclama resuena como el imperativo fundacional de la lucha de clases, y se entrelaza ineludiblemente con la advertencia profética del siglo XX: Socialismo o Barbarie. Este dilema, recuperado magistralmente por la revolucionaria internacionalista Rosa Luxemburgo en 1916, e inspirada por textos de Friedrich Engels, no era una mera polarización política, sino la síntesis de una encrucijada civilizatoria. El destino de la humanidad, en un mundo asolado por la guerra imperialista y la explotación sistémica, se jugaba entre la construcción de una alternativa comunal y la espiral autodestructiva inherente al capital.
Recuperar el planteamiento de «Socialismo o Barbarie» hoy no es un ejercicio de arqueología ideológica; es, en esencia, una denuncia del presente como la continuidad impune de atropellos contra la humanidad. La advertencia de Luxemburgo señalaba el fracaso civilizatorio del capitalismo, una debacle económica, cultural, humana y ambiental que solo se ha profundizado en el siglo transcurrido.
La barbarie que se eligió no fue el caos primitivo que la palabra griega, que designaba al inculto y violento, sugería originalmente. El siglo XX obligó a una reflexión sobre el concepto de «barbarie civilizada». El sociólogo Norbert Elias demostró que un aspecto central del «proceso civilizador» es la pacificación interna de la vida social mediante la monopolización y centralización de la violencia en el Estado, encarnada en sus fuerzas armadas y policiales. Las emociones se controlan y la coerción física se concentra en manos del poder político.
Sin embargo, el reverso de esta aparente pacificación es el formidable potencial de violencia acumulado por el Estado burgués. El optimismo progresista de la filosofía del siglo de las luces se desmoronó cuando las naciones «civilizadas» se enfrentaron en guerras cuya brutalidad era simplemente incomparable con las agresiones tribales o de las grandes migraciones de la antigüedad. La elección de la barbarie en el siglo XX fue la victoria de una Barbarie Racionalizada y Estatal: una violencia administrada, justificada por la modernidad y capaz de producir atrocidades (genocidios, extractivismo, guerras mundiales) a escala industrial, mientras mantiene su fachada de civilización y progreso.
Esta estructura de poder utiliza activamente la humillación y la competencia como mecanismos de control moderno. La inmersión en ciclos de humillación se convierte en una herramienta para contener la rabia subyacente contra la maquinaria capitalista. La competencia, por su parte, cumple la función de fragmentar las solidaridades colectivas, forzando a los trabajadores a un combate fratricida que desgasta la capacidad de resistencia de sus organizaciones. Estos mecanismos de humillación y competencia no son fallas morales individuales; son, de hecho, estrategias de regulación y desorden impuestas por el capitalismo autoritario para gestionar y exacerbar las desigualdades que él mismo engendra
El capitalismo tardío, en su afán por justificar la explotación, la desigualdad y la regresión social (misoginia, homofobia, competencia), insiste en la falacia del determinismo biológico: «Se nos ha dicho que esta es la naturaleza humana, que esto es lo que somos y debemos ser». La respuesta más contundente a este postulado ideológico proviene de la ciencia social, que desmantela el mito del Homo economicus inherentemente egoísta y competitivo.
La filosofía política anterior a Thomas Hobbes consideraba, en todo caso, indiscutible que el ser humano era un ser moral por naturaleza. Fue Hobbes quien, al introducir el artificialismo inherente al método científico en la teoría social y política, abrió el camino para que se discutiese la existencia de una naturaleza humana fija. Su conceptualización del estado de naturaleza como amoral o violento sentó las bases para una mentalidad contractualista y artificialista que llegó a ser predominante.
Esta politización del concepto de naturaleza humana la convierte hoy en un tema político capital, el centro de los grandes problemas contemporáneos. La tesis neoliberal, profundamente arraigada en esta tradición, sostiene que la competencia, la acumulación y la desigualdad son simplemente expresiones ineludibles de la «ley del más fuerte» o de un pesimista «destino de las especies». Esta justificación ideológica busca naturalizar las crueldades del mercado.
La antropología y la biología refutan la existencia de una única naturaleza humana fija y determinista. En primer lugar, la biología ha demostrado la unidad biológica de la especie humana, afirmando que todas las poblaciones descienden de un mismo grupo inicial (monofiletismo). Sin embargo, esta unidad no implica uniformidad de comportamiento social. El potencial humano se expresa en una diversidad de naturalezas humanas que incluyen capacidades cooperativas, comunales y pacíficas. El desafío es comprender la complejidad de esta unidad multiplex (unidad/diversidad).
Esta diversidad se evidencia en las estructuras sociales históricas. Se ha documentado que arqueólogos e historiadores cometen el error sistemático de proyectar la existencia de clases sociales donde nunca las hubo, particularmente en las sociedades precapitalistas. En estas formaciones sociales, las relaciones de parentesco jugaban un papel fundamental en la vertebración social hasta la aparición del capitalismo. Este hecho socava la premisa de que la jerarquía de clases y la explotación son fenómenos inherentes a la condición humana, demostrando que son, más bien, contingencias históricas ligadas al desarrollo de modos de producción específicos.
El potencial cooperativo no es una mera aspiración moral, sino una estrategia evolutiva demostrable. Estudios biosocioculturales sobre la crianza cooperativa en la especie humana revelan las bases biológicas y sociales del comportamiento cooperativo y altruista. El éxito evolutivo humano radica en la interdependencia, que aumenta la aptitud (fitness) de los individuos y del grupo.
La crianza cooperativa—el cuidado de los infantes por personas distintas a la madre biológica (cuidado alomaterno)—favorece la supervivencia infantil. Este altruismo y los fuertes vínculos sociales establecidos proveen las necesidades requeridas para el desarrollo en un contexto cultural determinado. La colaboración en la crianza reduce el intervalo entre partos y aumenta la fertilidad materna, lo que demuestra que la cooperación es una estrategia evolutiva exitosa que maximiza la reproducción del grupo, a diferencia del individualismo competitivo.
Por consiguiente, la defensa de la «competencia» y el individualismo por el capitalismo tardío representa una alienación de la racionalidad biosocial. Si la interdependencia es clave para la supervivencia humana, la promoción de la competencia despiadada y el individualismo extremo no son la liberación de una supuesta «verdadera naturaleza,» sino la imposición de una contradicción cultural que activamente fragmenta las redes de apoyo social. El sistema capitalista, al reemplazar los lazos comunales y de parentesco por la primacía de la relación de explotación, actúa como un poderoso disolvente de estructuras sociales fundamentales para el bienestar y la supervivencia, como lo demuestran las dificultades de las familias nucleares sin apoyo de crianza en contextos capitalistas avanzados.
La crisis actual del sistema global confirma que el marxismo, lejos de ser una reliquia del pasado industrial, posee un ojo clínico para desentrañar la situación actual del capitalismo tardío, sus relaciones de producción, explotación, dominio y sumisión. El sistema, con el pasar de los años, no ha hecho otra cosa más que darle la razón a Karl Marx.
El análisis marxista sigue siendo la herramienta fundamental para comprender el estancamiento, la inflación, el imperialismo y la tendencia autodestructiva del sistema. La constante celebración de grandes conferencias académicas dedicadas a la teoría marxista, como la de Historical Materialism (que en 2024 congregó a más de 930 inscritos para discutir 800 trabajos), subraya su pertinencia ineludible. El análisis de clásicos como El Capitalismo Tardío de Ernest Mandel sigue siendo crucial para entender la naturaleza y las tendencias del sistema mundial.
La muerte de grandes teóricos, como Fredric Jameson, no marca el fin de la teoría crítica, sino que evidencia la necesidad urgente de nuevos pensadores que, partiendo de la tradición marxista, insistan en la viabilidad de las utopías y la transformación social.
La explotación, en la era del neoliberalismo y la globalización, ha mutado, pero no ha desaparecido. La precarización laboral y el desempleo masivo son consecuencias estructurales de este modelo, afectando profundamente al «trabajador precarizado de oficina».
Lejos de fragmentar la clase obrera hasta la irrelevancia, el capitalismo ha recreado la relación laboral en formas cada vez más profundas. Como Marx predijo, la clase trabajadora ha ganado reclutas de estratos sociales superiores (pequeños industriales y rentistas), engrosando un bosque de brazos alzados que demandan trabajo. Esta proletarización de amplios sectores de la población es una característica definitoria del capitalismo contemporáneo.
La manifestación más aguda de esta mutación se encuentra en la gig economy o la economía de plataformas. Aquí, la explotación se instrumenta a través del control algorítmico y la gestión tecnológica. El diseño contractual otorga a las plataformas un poder legal y tecnológico desenfrenado, generando resentimiento y una sensación de injusticia percibida entre los trabajadores. El análisis de Marx sobre cómo la competencia y la innovación conducen a la pobreza y la crisis es tan aplicable a la gig economy del siglo XXI como lo fue al industrialismo del siglo XIX.
La alienación sigue siendo el motor de la deshumanización. Según Marx, el trabajo se presenta ante el obrero como un poder extraño que lo domina, intrínsecamente ligado a la propiedad privada de los medios de producción. Cuando el trabajador se emancipa como clase, no solo se libera a sí mismo, sino a toda la humanidad, dado que la enajenación de todos los seres humanos nace de las relaciones de producción.
La modernidad ha intensificado esta alienación. Desde la Revolución Industrial, el cuerpo del trabajador ha sido comprendido como una máquina, un instrumento sujeto a la docilidad política y la explotación económica. En el capitalismo tardío, el paradigma tecnológico, basado en el consumo y el desarraigo de la realidad, domina la vida social. La tecnología moderna no solo optimiza la productividad; extiende la lógica de la alienación incluso al ocio. El sujeto se convierte en un trabajador consumidor, cuya sumisión no solo es física en el trabajo, sino mental y emocional en el consumo. La alienación tecnológica se profundiza cuando los usuarios no tienen voz ni voto en el diseño de los artefactos que regulan sus vidas. La crisis del capitalismo tardío está marcada por la mutación de los mecanismos clásicos de extracción de valor y control social.
La extracción de plusvalía se logra a través de la disponibilidad digital y el sobre-tiempo, mientras que la alienación se mantiene mediante el control tecnológico. Este ciclo de explotación moderna demuestra que el marxismo debe ser inherentemente interseccional. La segmentación laboral no es neutral; investigaciones históricas ya mostraban cómo la fragmentación del trabajo se interrelacionaba con la discriminación racial y sexual, lo que valida la necesidad de que el análisis de clase abarque las opresiones de género, sexualidad y etnia, ya que son utilizadas para dividir y maximizar el beneficio empresarial.
El capitalismo tardío no solo oprime al trabajador de cuello azul o blanco, sino que genera una multitud oprimida cuyas luchas, aunque diversas, están conectadas por la lógica de la acumulación, la deshumanización y la competencia. La promesa de la modernidad se ha invertido, y los ciclos de humillación, misoginia, autodestrucción y homofobia se han convertido en la norma.
La regresión social observada en el presente no es casualidad; es el resultado de una ofensiva ideológica. La crisis estructural del capitalismo tardío, caracterizada por su prolongada incapacidad estructural en superar un largo período de tasas de acumulación mediocres, impulsa a las élites a imponer la estrategia neoliberal de forma autoritaria.
Para lograr la aceptación o sumisión ante esta regresión, las derechas neoliberales y las fuerzas proto-fascistas promueven una guerra cultural. Esta ofensiva difunde la creencia irracional acerca de las “virtudes” de la desigualdad, de la ley del más fuerte, de la impiedad social, como si fueran una expresión del “orden natural de las cosas”. Este es el retorno político y cultural del darwinismo social contra la solidaridad y la acción colectiva.
Este resurgimiento ideológico se despliega en el recrudecimiento del racismo, la misoginia, la homofobia y el fomento de nuevas formas de oscurantismo. El resultado es la apatía, la falencia del espíritu crítico y lo que se denomina la «banalidad del mal» : la normalización de la crueldad. Lo más destructivo es que este colapso moral convierte a buena parte de las víctimas en aliadas del apocalipsis contra sí mismas.
La misoginia, legitimada por este darwinismo social, se convierte en un instrumento de control social. Esto se manifiesta desde la explotación y el abuso de la secretaria abusada hasta la coacción y de la prostituta que sobrevive al crimen organizado. La violencia de género es estructural en un sistema que mercantiliza todas las esferas de la vida.
La lógica del capitalismo tardío exige la mercantilización total, intentando cooptar y normativizar incluso la esfera de la intimidad. El ejemplo de la asexual discriminada por no unirse al mercado sexual en ciernes es la manifestación radical de esta presión. El sistema condena a quienes se resisten a la lógica de consumo y la performance de género y sexualidad, demostrando que la opresión se extiende a la negación de la autodeterminación corporal y relacional.
La deuda ha reemplazado, en gran medida, al látigo visible de la fábrica como el cepillo de las cadenas modernas. Actúa como una forma de gobierno y subjetivación en el neoliberalismo, generando culpa, sacrificio y desesperación.
A nivel global, la deuda se manifiesta como una forma de servidumbre moderna, la trampa de la deuda. Familias, a menudo en el Sur Global, se ven obligadas a vender el trabajo futuro de sus hijos para superar dificultades económicas (como pagar la hipoteca de un campo arrocero) o adquirir signos de modernidad. El compromiso contractual requiere que el trabajo de la hija reembolse el dinero antes de que sea libre. Este mecanismo demuestra cómo la opresión económica se transforma en coerción directa. El granjero abusado por corporaciones está a menudo atrapado en esta dependencia financiera, forzado a endeudarse para conseguir insumos o para no perder su propiedad.
El sistema capitalista tardío, impulsado por una acumulación parasitaria, se basa en la acumulación por desposesión. El indígena despojado de su tierra sagrada por el crimen organizado y las corporaciones que pretenden recursos naturales es la víctima más directa de esta violencia extractivista, que requiere la coerción violenta para asegurar la propiedad privada de los recursos.
La contradicción entre el capital y el medio ambiente es hoy un factor migratorio masivo. El capitalismo neoliberal es un factor causal en la crisis de los desplazados climáticos. La degradación ambiental diaria, necesaria para sostener los procesos productivos industriales, hace que los desastres naturales sean más frecuentes y severos (como las sequías extremas). Las Naciones Unidas estiman que el cambio climático podría generar 216 millones de desplazados para el año 2050.
Los Estados que han impulsado este sistema destructivo responden a la crisis de refugiados con una barbarie fronteriza. Se utilizan vallas violentas (como en Ceuta y Melilla) y el Mediterráneo se convierte en un foso donde mueren cientos de personas al año. La respuesta de enviar a los solicitantes de asilo lejos (como la política del Reino Unido de trasladarlos a Ruanda) es un intento de externalizar la barbarie que el propio sistema produce.
La opresión en el capitalismo tardío es un fenómeno de banalidad del mal sistémica. El recrudecimiento de la misoginia y la homofobia son funcionales a la guerra cultural, dirigiendo la frustración económica hacia chivos expiatorios y consolidando la alianza entre el capital y las fuerzas de reacción. La cartografía de los oprimidos revela un sistema unificado de explotación.
El análisis clínico del capitalismo tardío y la cartografía de la barbarie civilizada conducen a una conclusión ineludible: la necesidad de un nuevo y radical «¡Uníos!» El dilema de Socialismo o Barbarie persiste, y la supervivencia de la civilización humana depende de la capacidad de la multitud oprimida para reconstituir la solidaridad y la acción colectiva.
El lema va más allá de la fricción laboral inmediata. Exige que los trabajadores trasciendan sus distinciones sindicales o artesanales y se unan de forma consciente y sistémica contra el sistema en su totalidad.
La definición de «proletariado» debe ampliarse para abarcar a todos los sujetos que han sido reducidos a la sumisión y la desposesión bajo el capital tardío. El proletariado contemporáneo incluye no solo al obrero tradicional, sino al trabajador algorítmico, al precarizado de oficina, al deudor forzado, al sujeto de género y sexualidad oprimido, y al desplazado climático. Estos son los nuevos reclutas del bosque de brazos alzados que demandan trabajo.
La visión marxista, tal como se plantea en los manuscritos, es que la emancipación de la clase trabajadora es, al mismo tiempo, la emancipación de toda la humanidad, puesto que la enajenación de todos los hombres nace directamente de las relaciones de producción. Por lo tanto, la lucha contra el capital es necesariamente una lucha por la humanidad en su conjunto.
La única respuesta viable a la crisis civilizacional del capitalismo tardío es la reconstitución de la alternativa socialista. Esto requiere nuevos pensadores y nuevas praxis, manteniendo la insistencia en la viabilidad de las utopías y la transformación social.
La utopía debe ser concreta y basarse en la recuperación de la racionalidad biosocial perdida. Esto implica dar pleno reconocimiento social y apoyo a los trabajos comunitarios y cooperativos no pagados que existen en cualquier sociedad. Estos trabajos son esenciales para el pleno despliegue de las capacidades humanas en la esfera microsocial y constituyen un retorno consciente a la lógica de la interdependencia y la cooperación, demostrada como estrategia evolutiva exitosa por la antropología. Las sociedades cooperativas poseen el potencial intrínseco de responder mejor a los desafíos del desarrollo y mejorar la calidad de vida, sacando a muchas personas de la pobreza.
Hoy, la urgencia de construir una alternativa histórica de civilización es tan palpable como lo fue hace más de un siglo. El capitalismo tardío, en su fase parasitaria y especulativa, ha generado un impasse sistémico, al tiempo que promueve la regresión cultural que se manifiesta en la misoginia, la homofobia y el racismo.
La tarea de unirnos es combatir la regresión ideológica que nos arrastra al colapso moral y la amenaza ecológica. En todos los países, la situación para los trabajadores y los oprimidos es difícil, y a escala planetaria, la civilización humana se encuentra en una fase crítica.
¡Proletarios de todos los países, uníos!

Deja un comentario