Sobre «Todo se Desmorona» de Achebe

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Tengo un par de cosas que decir sobre Todo se Desmorona de Achebe, pero seamos breves. Del estilo narrativo de Achebe me parece fascinante cómo utiliza la oralidad como un aglutinante social, casi como si los proverbios fueran el aceite de palma con el que se comen las palabras. En estas páginas vemos una economía de medios que recuerda mucho a la de Rulfo; no hay adornos innecesarios, sino una descripción seca y potente de la realidad material de Umuofia. El estilo funciona como una reconstrucción histórica que no busca la nostalgia, sino la exposición de una subjetividad colectiva que se siente tan real y pesada como el calor de Comala. Es una narrativa que se aleja del subjetivismo decadente para centrarse en los hechos, en la siembra y en los rituales, permitiendo que la atmósfera de desesperanza o de triunfo emane directamente de las condiciones de vida de los personajes.

Lo que Achebe logra es presentar a Umuofia como una totalidad social y política antes de la fractura colonial. No está idealizando el pasado; al contrario, nos muestra las contradicciones internas y las fisuras de su propia reproducción social, como el abandono de los gemelos o el asesinato de Ikemefuna. La postura es profundamente anticolonial porque reclama el derecho de esta cultura a ser analizada bajo sus propios términos y lógicas materiales, sin necesidad de la mirada del hombre blanco, que apenas se insinúa como un rumor lejano en estas páginas. Es el retrato de una sociedad que tiene sus propios aparatos de justicia y su propia dialéctica interna, moviéndose entre la euforia de las luchas y el abismo de las decisiones de los oráculos.

Al analizar la estructura y la superestructura queda claro que la base real de esta sociedad es el cultivo del ñame, que funciona como la unidad de medida de la masculinidad y el estatus social. La producción de la conciencia de Okonkwo está totalmente anclada en esta base material; su miedo al fracaso es el reflejo ideológico de la pobreza de su padre, Unoka, quien no tenía títulos ni graneros llenos. Okonkwo intenta superar esta fractura de su origen convirtiéndose en el agente primario de la ley y el orden, pero lo hace de una manera tan rígida que termina violentando la propia superestructura que intenta defender, como cuando rompe la Semana de la Paz al golpear a su esposa. La superestructura, personificada en el Oráculo de las Colinas y las Cuevas, opera como un aparato ideológico del estado que garantiza la estabilidad del sistema simbólico del clan. El sacrificio de Ikemefuna es el momento donde la maquinaria de reproducción social se vuelve aterradora; el grupo debe sacrificar al niño para mantener el equilibrio con el gran otro que representan los dioses y los ancestros. Okonkwo, al participar en el asesinato por miedo a parecer débil, muestra cómo el individuo es interpelado por la ideología dominante hasta el punto de destruir sus propios vínculos afectivos para cumplir con su deber de clase y linaje.

Los egwugwu representan la culminación de este orden superestructural. Son los espíritus de los antepasados que administran justicia, pero en realidad son los hombres de la aldea disfrazados, lo que revela cómo la ideología política se reviste de misticismo para asegurar la sumisión de los miembros del clan. Esta asfixia social que experimentan los personajes, donde el pasado reificado y las deudas de sangre dictan el presente, es lo que finalmente prepara el terreno para que todo se desmorone cuando la base material sea golpeada por la llegada de los extranjeros.

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Salvador Covarrubias

Ensayos teórico-críticos sobre política y filosofía militante

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