El cuento de Juan Rulfo, “Nos han dado la tierra”, si bien constituye un diagnóstico magistral de la desposesión y el fracaso del reformismo estatal posrevolucionario, articula una crítica que permanece en un plano inmanente y, por tanto, políticamente insuficiente. La narración expone la miseria material y la alienación subjetiva de los campesinos sin trascender hacia un cuestionamiento radical de las estructuras que las originan: el Estado como forma de dominación y el Capital como relación social. La conciencia de los personajes, atrapada en la inmediatez de su sufrimiento, se detiene en el umbral de la queja y la resignación, sin devenir en una conciencia de clase revolucionaria. Esta parálisis subjetiva, se argumentará, no es un defecto literario, sino el reflejo preciso de una revolución traicionada , cuya superación no reside en el texto, sino en la aplicación de una crítica externa—la anarco-comunista—que transforma el diagnóstico de Rulfo en la premisa para una praxis de ruptura total.
La crítica fundamental que emerge del relato se articula en torno a la naturaleza de la «tierra» otorgada. Rulfo describe el Llano no como un medio de producción, sino como su negación material. Es una anti-tierra, una entidad estéril que desafía la vida misma: “esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos”, una “costra de tapetate”, un “duro pellejo de vaca” sobre un “comal acalorado”. Esta tierra es la antítesis explícita de lo que los campesinos anhelaban y necesitaban para la reproducción de su vida: “lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena”. La brutalidad de esta descripción subraya que el acto estatal no es una redistribución de la riqueza, sino una farsa burocrática, una simulación de justicia agraria.
Desde una perspectiva marxista, esta farsa no es un simple error o una política fallida; es una estrategia deliberada del Estado para neutralizar el potencial revolucionario del campesinado. La reforma agraria, como fue implementada históricamente en México y en otros contextos, rara vez busca la abolición de la explotación. Su objetivo, más bien, es la pacificación y la integración de las masas rurales en la lógica del capital. Al conceder el estatus legal de «propietario», el Estado coopta el lenguaje de la revolución—encapsulado en el lema zapatista «Tierra y Libertad» —y lo vacía de su contenido radical. La entrega de una propiedad sin valor de uso es la manifestación más cínica de este proceso: se concede un título para sofocar la demanda política, pero se niega la capacidad material de subsistencia, perpetuando así la dependencia y la miseria.
El elemento central de esta transacción es el «papel» que el delegado entrega a los campesinos. Este documento transforma la tierra de un medio concreto de vida en un fetiche, una abstracción legal despojada de su materialidad. Los campesinos no reciben un lugar para cultivar, sino un símbolo de su subyugación al nuevo orden legal del Estado posrevolucionario. Este acto los integra formalmente en el sistema de propiedad privada, el pilar del capitalismo que la crítica marxista busca abolir en su totalidad. Sin embargo, lo hace de una manera que garantiza su fracaso, manteniéndolos en un estado de marginalización permanente. Por tanto, la entrega de la tierra no es meramente una reforma fallida; es una medida contrarrevolucionaria exitosa que refuerza las mismas estructuras de poder—la autoridad del Estado y la santidad de la propiedad privada—que una revolución genuina habría buscado destruir.
La figura del delegado del gobierno es la personificación de la estructura estatal y su relación con los oprimidos. El narrador lo expone con una claridad devastadora: “El delegado no venía a conversar con nosotros”. Esta frase trasciende la simple descortesía; revela la naturaleza fundamental del Estado. Desde una perspectiva anarquista, el Estado no es un mediador neutral ni un foro para el diálogo, sino una estructura jerárquica de dominación que se impone verticalmente sobre la sociedad. Su lenguaje no es la conversación, sino el decreto; su acción no es la negociación, sino la imposición. La interacción es un monólogo de poder: “Nos puso los papeles en la mano y nos dijo…”. Los campesinos existen para recibir órdenes, no para deliberar sobre su destino.
Ante las objeciones materiales y lógicas de los campesinos—“Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua”, “la tierra está deslavada, dura”—la respuesta del delegado es puramente burocrática y evasiva. Sus réplicas son mecanismos de deshumanización: “¿Y el temporal?”, “Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego”, y, finalmente, la orden que aniquila toda posibilidad de recurso inmediato: “Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse”. Esta secuencia demuestra cómo la racionalidad burocrática del Estado opera para disolver el conflicto humano. Una cuestión de vida o muerte se transforma en un trámite administrativo, un expediente que puede ser archivado y olvidado. La petición de los campesinos de ser escuchados es, en este contexto, profundamente ingenua; apelan a la humanidad de un agente que actúa no como persona, sino como función de un sistema impersonal.
La frase final del delegado es la más reveladora ideológicamente: “Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra”. En esta declaración, el Estado se presenta a sí mismo como un benefactor y un aliado del campesino contra un enemigo común (el antiguo latifundista), ocultando su función esencial como garante último del sistema de propiedad que permite la existencia de toda forma de explotación agraria, sea feudal o capitalista. Es una maniobra clásica para desviar el antagonismo de clase. Al fragmentar al enemigo y posicionar al aparato de dominación como un árbitro benevolente, el Estado asegura su propia supervivencia y la del sistema que administra. La crítica de Rulfo, aunque no lo articule teóricamente, expone esta operación con una precisión implacable.
El paisaje físico del cuento es un correlato directo del paisaje interior de sus personajes. El calor sofocante y el agotamiento extremo que los reduce al silencio—“Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor”—son la metáfora perfecta de su impotencia política y su agotamiento existencial. Su energía vital ha sido consumida no en una lucha productiva, sino en una travesía inútil impuesta por el decreto de un poder lejano. Este desgaste los deja sin fuerzas para la deliberación colectiva, la organización o la resistencia. El silencio que domina el relato no es paz, sino la ausencia de una voz política.
La manifestación más clara de su conciencia fragmentada y alienada se encuentra en la declaración del narrador después de que el delegado los despide: “Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede”. Aquí yace la tragedia política del cuento. Los campesinos, en su desesperación, identifican su lucha no contra el sistema social que los oprime, sino contra un objeto natural, inerte e inmutable: el Llano. Han internalizado la narrativa del Estado, que se ha absuelto a sí mismo de toda responsabilidad. Esta incapacidad para conectar su sufrimiento material con las estructuras de poder que lo causan es la definición misma de una conciencia alienada, el obstáculo fundamental para la constitución de una clase-para-sí. El Llano no es un hecho natural; su significado como condena es una construcción social y política impuesta por el decreto del Estado. Al dirigir su impotencia contra la tierra misma, los campesinos se condenan a la inacción.
Consecuentemente, el cuento es la antítesis de la praxis anarco-comunista. No hay rastro de acción directa, autoorganización o deliberación asamblearia. No surge la idea de tomar por la fuerza las tierras fértiles que ellos mismos identifican junto al río. Su única «acción» ha sido obedecer, caminar y, finalmente, resignarse. Se mueven como individuos atomizados—el narrador cuenta “Somos cuatro” como si constatara una pérdida irreparable—y no como un colectivo con un objetivo común y una voluntad de lucha. En este contexto, la gallina que Esteban carga bajo su gabán para cuidarla se convierte en un símbolo patético. En lugar de la propiedad colectiva y la lucha común, lo que queda es el apego desesperado a una posesión individual y la supervivencia aislada. Es la imagen final de la derrota: la disolución de lo colectivo en la miseria de lo individual.
La maestría de Juan Rulfo reside, precisamente, en su capacidad para plasmar esta atmósfera de desesperanza y la subjetividad de la derrota con una economía de medios y una profundidad insuperables. “Nos han dado la tierra” es un documento literario impecable sobre las consecuencias humanas de una revolución traicionada, cooptada por el Estado burgués para sus propios fines de estabilización y control. El pesimismo que impregna cada línea no es un capricho estético, sino una descripción precisa y dolorosa de la realidad que sigue al fracaso del reformismo.
Sin embargo, desde la perspectiva de una teoría revolucionaria, la crítica del cuento es «débil» porque se agota en la descripción de esta impotencia. No ofrece una salida, ni siquiera la insinúa. Los personajes terminan donde empezaron: desposeídos, silenciados y sin un horizonte político. La tierra fértil está “allá abajo”, mientras que la tierra que les han dado está “allá arriba”—una separación espacial que simboliza una fractura política y social insalvable dentro de la lógica del relato. El cuento presenta un sistema cerrado de desesperación, una jaula perfectamente descrita desde adentro, pero sin ninguna llave a la vista.
Es aquí donde la crítica radical debe intervenir. La función de un análisis anarco-comunista no es reprender a Rulfo por no haber escrito un panfleto, sino utilizar su perfecto diagnóstico como la prueba irrefutable de la necesidad de una ruptura total. Si el Estado produce esta desolación, si la apelación a la autoridad conduce a esta farsa, si la ausencia de autoorganización y acción directa resulta en esta parálisis, entonces la única conclusión lógica es la necesidad de una praxis revolucionaria que apunte a la abolición del Estado y del Capital. El cuento de Rulfo, en su desolación absoluta, no es un llamado al pesimismo nihilista, sino la demostración, por la vía negativa, de que no existe solución alguna dentro de los marcos del sistema. La única esperanza no reside en la tierra que “nos han dado”, sino en aquella que, inevitablemente, se debe tomar.
Obras Citadas
Rulfo, Juan. El Llano en llamas. Fondo de Cultura Económica, 1970.

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