La mirada inepta de un par de juzgones

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La reciente fractura en mi praxis cotidiana, manifestada en la agresión pasivo-vanguardista de unos anfitriones durante un ritual de cumpleaños, no puede entenderse como un simple roce de etiquetas o una falta de urbanidad. Como bien nos enseñó Althusser, no existe el espacio privado libre de la garra del Estado; lo que presencié fue el funcionamiento aceitado de un Aparato Ideológico diseñado para la reproducción de la inconsciencia. El gesto de abrir un libro en medio del ruido estéril de la charla burguesa no fue una descortesía, sino una ruptura del simulacro, un acto de terrorismo intelectual que obligó a los custodios del orden a mostrar sus colmillos. En ese silencio que intenté habitar, la densidad de la alienación se volvió insoportable para quienes necesitan el ruido constante para no escuchar el crujido de su propia estructura vacía. El pánico de esos anfitriones ante mi lectura es el mismo pánico que emana de las páginas de Malcolm Lowry: el miedo absoluto de la clase dominante a que el mundo deje de ser una extensión de su deseo y se revele como una materialidad ajena, finita y, sobre todo, transformable.

Al analizar la obra de Lowry bajo esta luz, descubrimos que Geoffrey Firmin, el Cónsul, no es el héroe trágico que la crítica liberal nos ha querido vender, sino el residuo patológico de un imperialismo británico en su fase de putrefacción más obscena. Su parálisis existencial y su alcoholismo metafísico no son condiciones inherentes al alma humana, sino el resultado directo de una subjetividad burguesa reificada que, como advierte Lukács en Historia y conciencia de clase, es incapaz de percibir la totalidad histórica. El Cónsul se ahoga en mezcal porque reconocer la base material de su existencia —el hecho de ser un parásito diplomático en un México que el imperialismo ha intentado despojar de su soberanía— le obligaría a aceptar su propia obsolescencia. Lowry fetichiza la decadencia para ocultar la explotación; convierte el paisaje de Quauhnahuac en un escenario místico y onanista donde los volcanes son símbolos del infierno personal y no hitos de una geografía social marcada por la lucha de clases. Es una literatura del ocultamiento donde la praxis es sustituida por el delirio, y donde el sufrimiento del «otro» —el mexicano, el indígena, el trabajador— es reducido a un pintoresquismo exótico que sirve de telón de fondo para el colapso espiritual de un hombre blanco ocioso.

Esta negación del «otro» que vive el Cónsul, y que yo mismo experimenté en aquel cumpleaños, es una exigencia de la base material. El sujeto burgués percibe la subjetividad ajena como un límite intolerable a su potencia de dominio sobre las mercancías; por ello, cuando alguien afirma su individualidad a través del conocimiento o la reflexión, el sistema reacciona con una violencia defensiva. En Bajo el volcán, los vínculos humanos están cosificados hasta la náusea: Yvonne y Hugh no son compañeros, son proyecciones de la culpa y el fracaso de una clase que ya no tiene futuro. Lowry nos encierra en una mónada solipsista donde el silencio no es un espacio de reflexión, sino una fosa común de los afectos. Frente a esta podredumbre, la conciencia de clase debe actuar como un escalpelo. Mientras el capital deshumaniza el vínculo, la comunidad de lucha lo humaniza. Entre camaradas, como señalaría Sartre, el otro es un sujeto histórico con el que se comparte la tarea de transformar el mundo, no un objeto que deba ser moldeado para calmar la ansiedad ontológica del dominador.

Por lo tanto, mi ataque contra este libro es un acto de venganza necesaria y de clarificación ideológica. Bajo el volcán es una herramienta de alienación que nos invita a empatizar con la autodestrucción de un opresor, presentándola como una caída mística en lugar de un merecido fin histórico. La reacción violenta de los anfitriones ante mi libro fue el eco exacto de la estructura narrativa de Lowry: un intento de restaurar la paz superficial de la norma mediante el castigo a la independencia del pensamiento. Repudiamos la obra de Lowry no por su complejidad técnica, sino por su servilismo hacia una estética de la ruina que paraliza la voluntad revolucionaria. Si la burguesía quiere habitar sus infiernos de mezcal y símbolos vacíos, que lo haga sola. Nosotros, armados con la praxis y la dialéctica, preferimos el estruendo de la transformación al silencio de la tumba literaria que representa este libro. La verdad de la alienación ha emergido, y no habrá ritual social ni prosa preciosista que pueda volver a ocultarla bajo el volcán de la complacencia.

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