La aprehensión científica de la totalidad social exige, como presupuesto epistemológico ineludible, el desmantelamiento de la ilusión idealista que sitúa a la conciencia, al espíritu o a la voluntad abstracta como los motores primigenios del devenir histórico. Resulta imperativo reconocer que el edificio de las representaciones humanas, desde las construcciones jurídicas más sofisticadas hasta las nebulosas metafísicas que pueblan el imaginario colectivo, no posee una historia sustantiva ni una autonomía ontológica, constituyendo en su lugar la sublimación necesaria de un proceso de vida material que le precede y le determina. En la arquitectura del materialismo histórico, el modo de producción de la vida material condiciona, de manera general, el proceso de vida social, político y espiritual; no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Esta inversión radical respecto a la filosofía clásica alemana, que pretendía descender del cielo a la tierra, nos obliga a ascender de la tierra al cielo, partiendo de los individuos reales, de su praxis productiva y de sus condiciones materiales de existencia para explicar el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos que este proceso vital proyecta en el andamiaje superestructural.
La comprensión de la sociedad como una formación social compleja requiere la distinción analítica entre la base económica —el cimiento real compuesto por las fuerzas productivas y las relaciones de producción— y la superestructura jurídica y política, a la que corresponden formas determinadas de conciencia social. Esta relación, lejos de ser un determinismo mecánico lineal, se manifiesta como una unidad dialéctica donde la base actúa como el factor determinante en última instancia, mientras que la superestructura provee los marcos institucionales y simbólicos a través de los cuales las clases en pugna adquieren conciencia del conflicto y lo dirimen. La superestructura es un aparato de mediación que, una vez generado por las necesidades de la base, ejerce una acción de retorno sobre ella, estabilizando o modulando las contradicciones inherentes al régimen de propiedad vigente. En esta articulación fundamental, las fuerzas productivas, comprendidas como la síntesis de los medios tecnológicos y la fuerza de trabajo humana, determinan el grado de dominio sobre la naturaleza, mientras que las relaciones de producción constituyen el vínculo social que define la posición de las clases en la estructura económica. Esta base actúa como el cimiento sobre el cual se yergue la superestructura, ese complejo aparato jurídico-político e ideológico cuya función reside en legitimar y perpetuar el modo de producción dominante a través de una combinación de coerción estatal y consenso cultural. El Estado, por tanto, no representa la realización de la razón universal, sino que emerge como una «comunidad ilusoria» que busca conciliar el interés particular de la clase dominante con un pretendido interés general, funcionando en realidad como una máquina de represión y subordinación de las clases oprimidas. La legitimidad de este orden se garantiza mediante la producción de una ideología que presenta las condiciones históricas de existencia de la burguesía como leyes naturales y eternas, operando una inversión de la realidad similar a la de una cámara oscura.
La génesis de la conciencia humana se halla indisolublemente vinculada al desarrollo de la división del trabajo, la cual, en sus estadios iniciales, no trascendía la división natural en el acto sexual o la distribución de tareas basada en aptitudes físicas. Sin embargo, la verdadera fractura en la subjetividad humana sobreviene con la separación entre el trabajo físico y el trabajo intelectual, momento en el cual la conciencia adquiere la capacidad ilusoria de creer que es algo más que la conciencia de la práctica existente. Este hiato permite la aparición de una clase de intelectuales que, al estar exentos del trabajo material, se entregan a la creación de teorías «puras», teologías y filosofías que, aunque parezcan independientes, no son sino sublimaciones de las contradicciones materiales que estos mismos individuos no logran percibir en su raíz económica. La conciencia es, por tanto, un producto social desde su origen, un «lenguaje de la vida real» que emerge de la necesidad del intercambio y del comercio material entre los hombres. En las fases primigenias, esta conciencia se manifiesta como una religión natural o conciencia gregaria ante una naturaleza omnipotente; no obstante, conforme las fuerzas productivas aumentan y las necesidades se multiplican, la conciencia se transforma en un campo de batalla ideológico donde las ideas de la clase dominante se imponen como las ideas dominantes de cada época. La clase que dispone de los medios de producción material dispone también de los medios para la producción intelectual, de tal suerte que las representaciones dominantes no son sino la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes.
En el marco del modo de producción capitalista, la relación entre la base y la conciencia sufre una distorsión cualitativa mediante el proceso de alienación, donde el producto del trabajo se enfrenta al productor como un ser ajeno, como un poder independiente que lo domina y lo deshumaniza. Esta enajenación no se circunscribe al ámbito de la producción inmediata, sino que impregna la totalidad de la vida social a través del fetiche de la mercancía, fenómeno por el cual el carácter social del trabajo humano aparece ante los hombres como una cualidad natural intrínseca a los objetos intercambiados. En este mundo de las mercancías, las relaciones sociales entre personas se transforman en relaciones materiales entre cosas, ocultando la explotación subyacente tras el velo de una igualdad abstracta en el mercado. La reificación del pensamiento constituye la culminación de este proceso, donde el individuo, subsumido en la lógica del valor de cambio, termina por olvidar que las instituciones y las leyes son productos de la actividad humana y las acepta como potencias inmutables e inexpugnables. La pauperización del proletariado no es solo una carencia de bienes materiales, sino una degradación ontológica que despoja al sujeto de su control sobre las condiciones de su propia existencia, reduciendo su actividad vital a un mero medio para la supervivencia física. La lucha del marxismo-leninismo, por consiguiente, se dirige no solo a la redistribución de la riqueza, sino a la abolición de la forma misma de la mercancía y de la división del trabajo que fragmenta la esencia humana.
Resulta un error teórico craso, derivado de una lectura mecanicista del marxismo, considerar que las opresiones de raza y género pertenecen exclusivamente a la superestructura ideológica como asuntos secundarios respecto a la contradicción de clase. Un análisis riguroso de las condiciones materiales de existencia demuestra que el capitalismo moderno se erigió sobre el pivote de la esclavitud racializada y la subordinación patriarcal de la mujer, integrando estas formas de dominación en el núcleo mismo de la acumulación de capital. La esclavitud negra no fue un residuo precapitalista, sino la base material de la industria algodonera que impulsó la revolución industrial; de igual manera, la opresión de género garantiza la reproducción gratuita de la fuerza de trabajo mediante el trabajo doméstico no remunerado, permitiendo una mayor extracción de plusvalía en la base económica. Bajo esta premisa, la opresión de raza opera estructuralmente para depreciar la fuerza de trabajo y segmentar el ejército industrial de reserva, valiéndose de la justificación superestructural del racismo y la exclusión jurídica del derecho de ciudadanía. Paralelamente, el eje de género facilita la externalización de los costes de reproducción social, sustentada en la ideología de la domesticidad y la moralidad patriarcal, mientras que la opresión nacional permite la explotación colonial e imperialista necesaria para paliar la caída de la tasa de ganancia, amparada en el chovinismo y las misiones civilizatorias. La interseccionalidad, desde una perspectiva materialista, revela que estas categorías se entrelazan de forma indivisible en la praxis cotidiana de los oprimidos, funcionando como mecanismos de fragmentación que impiden la formación de una conciencia de clase unitaria. Marx observó con agudeza que el trabajo en piel blanca no puede emanciparse donde se estigmatiza el trabajo en piel negra, evidenciando que el racismo es un obstáculo objetivo para la revolución social. Por ende, la lucha contra toda forma de opresión impuesta por la superestructura no es un añadido ético al marxismo, es una necesidad estratégica para desarticular el andamiaje que sostiene la base económica del capital.
La estabilidad de un modo de producción no descansa únicamente en el aparato coercitivo del Estado, sino primordialmente en la construcción de la hegemonía, entendida como la dirección intelectual y moral que una clase ejerce sobre el conjunto de la sociedad a través de las instituciones de la sociedad civil. En este proceso, la función de los intelectuales es vertebral, pues actúan como los administradores de la superestructura, encargados de dotar a la clase dominante de una autoconciencia orgánica y de persuadir a las clases subalternas de que el orden vigente es el único racional y posible. Gramsci distingue con precisión entre los intelectuales tradicionales —quienes se perciben como autónomos respecto a las clases sociales— y los intelectuales orgánicos, que emergen junto a una clase fundamental para organizar sus intereses en los campos económico y político. La crisis de hegemonía sobreviene cuando la clase dominante mantiene su dominio coercitivo pero pierde su capacidad de dirección moral, produciéndose una ruptura entre la base y la superestructura que Gramsci denomina crisis de autoridad. En estos periodos, la ideología dominante se agrieta, permitiendo que el sentido común de las masas —ese conglomerado fragmentario de prejuicios y verdades parciales legadas por la historia— pueda ser transformado, mediante una praxis pedagógica y política, en un pensamiento crítico capaz de fundar un nuevo bloque histórico. La lucha por la hegemonía es, por tanto, una guerra de posiciones en el terreno cultural e institucional que prepara las condiciones materiales para el asalto al poder estatal.
Frente a las tendencias economicistas que pretenden reducir la lucha revolucionaria a la mera reivindicación sindical, Lenin postula la necesidad de un partido de vanguardia capaz de inyectar conciencia política al movimiento espontáneo de las masas. La conciencia del proletariado no puede ser auténticamente revolucionaria si se limita a la esfera de la fábrica; debe elevarse a la comprensión de la totalidad de las relaciones sociales, respondiendo a cada manifestación de tiranía y opresión, sin importar qué estrato social sea el afectado. El militante comunista no debe ser un simple secretario de sindicato, debe ser un tribuno del pueblo que utiliza cada injusticia superestructural —ya sea religiosa, educativa o nacional— para iluminar ante los ojos de todos la raíz económica de la servidumbre humana. Esta concepción leninista reafirma que la lucha marxista es inherentemente totalizadora y, por ende, intersecta con todas las formas de resistencia contra la dominación burguesa. La revolución no es solo el cambio de manos del poder estatal, sino un proceso de transformación radical de los individuos, quienes, a través de la praxis revolucionaria, logran salir del cieno de las viejas concepciones para fundar una sociedad basada en la asociación libre de productores. La dictadura del proletariado se configura como la mediación política necesaria para desarticular la resistencia de la burguesía y socializar los medios de producción, iniciando el tránsito hacia la extinción del Estado y de toda coacción institucional. En su fase superior e imperialista, el capitalismo manifiesta una tendencia hacia el parasitismo y la descomposición que afecta profundamente a su andamiaje superestructural. La acumulación de capital financiero en las metrópolis permite el soborno de las capas superiores del proletariado (la aristocracia obrera), fragmentando la unidad internacional de la clase y nutriendo ideologías chovinistas que sirven a los intereses de los monopolios. El imperialismo va más allá de un fenómeno económico de exportación de capitales, funcionando como un sistema global de dominación nacional donde el Estado se convierte en un instrumento directo de los grandes bancos para el saqueo de las colonias y la periferia. Este estadio de decadencia se refleja también en la crisis de las ciencias naturales y en la fuga hacia el idealismo filosófico, donde el repudio de la realidad objetiva sirve para apuntalar el dominio ideológico de una burguesía que ya no puede justificar su existencia sobre la base del progreso material. La ciencia, bajo la férula del capital, pierde su potencial emancipador y se reduce a un mecanismo de manipulación y disciplinamiento de los cuerpos, integrando la tecnología en el proceso de pauperización absoluta y relativa de las masas. Solo el materialismo dialéctico, con su insistencia en la primacía de la materia y la cognoscibilidad de las leyes sociales, provee la brújula necesaria para orientar la praxis hacia la superación de la barbarie imperialista.
La indagación sobre la base real de la ideología exige detener la mirada en la evolución de las formas de propiedad, puesto que estas constituyen el andamiaje sobre el cual se erigen las ilusiones jurídicas de la voluntad y el derecho natural. La primera forma de propiedad, la propiedad tribual, se halla condicionada por un estadio rudimentario de las fuerzas productivas basado en la caza y la ganadería, manifestándose como una extensión de la comunidad natural. Con el advenimiento de la propiedad antigua, cimentada en la esclavitud y el dominio estatal de la tierra, surge la distinción entre ciudadanía y servidumbre como expresión del derecho estatal. Posteriormente, el tránsito al feudalismo instaura la propiedad territorial nobiliaria y la jerarquía estamental, cuya base material se sublima en los códigos del honor y la lealtad. Finalmente, la propiedad capitalista, sustentada en la gran industria y el capital financiero, consagra la propiedad privada y la igualdad abstracta ante la ley como mecanismos para ocultar la fractura de clase inherente al trabajo asalariado. La consolidación de la propiedad privada moderna, desvinculada de los lazos comunitarios y estamentales, es una creación de la burguesía que reduce el derecho a la mera expresión de la voluntad arbitraria del propietario. Esta ilusión jurídica, consagrada en los códigos modernos, pretende que el individuo es libre de contratar y poseer, ignorando que el título jurídico es una cáscara vacía si no se posee el capital necesario para activar los medios de producción. En este sentido, la superestructura jurídica no solo protege la base económica, sino que la oculta tras el fetiche de la persona jurídica libre, operando una reificación donde las desigualdades materiales se transfiguran en igualdades formales.
La tesis fundamental que recorre este ensayo sostiene que la lucha por la emancipación humana es una sola; la destrucción de la base económica capitalista conlleva, dialécticamente, el desmantelamiento de toda la red de opresiones que la superestructura ha tejido para protegerla. No existe liberación de género o de raza bajo el capital, porque estas opresiones son funcionales a la lógica de la plusvalía y a la reproducción de la propiedad privada. La conciencia de esta unidad estructural es lo que define la praxis del marxismo-leninismo, transformando cada colisión social en un peldaño hacia la revolución total. Este despliegue histórico recorre fases precisas: desde la prehistoria de la sociedad de clases, donde la superestructura domina la base mediante la alienación y produce una conciencia fragmentada, hasta el tránsito revolucionario bajo la dictadura del proletariado, etapa en la cual la praxis interviene conscientemente para socializar la producción. Este proceso culmina en la historia verdadera del comunismo, estadio en el que el control colectivo de los productores asociados extingue el Estado y disuelve definitivamente el fetiche de la mercancía. Al recuperar los individuos asociados el control sobre su vida material, la superestructura ideológica perderá su medio de existencia, permitiendo que la historia humana comience verdaderamente, libre de los fantasmas de la prehistoria clasista. La tarea de este ensayo consiste en demostrar que cada cadena rota en la lucha contra el racismo, el patriarcado o el imperialismo es una herida mortal en el corazón del capital. Resulta axiomático que la liberación no es un acto intelectual de autoconciencia, sino un hecho histórico condicionado por el desarrollo de la gran industria y la abolición del trabajo alienado. Solo a través de la unidad dialéctica entre la base material y la conciencia revolucionaria podrá la humanidad, por fin, caminar sobre sus pies y no sobre su cabeza.
La indagación dialéctica en torno a la superestructura exige trascender la consideración de esta esfera como un depósito de representaciones azarosas, revelándose, por el contrario, como la objetivación institucional y simbólica de una conciencia colectiva cuya raíz se halla hundida en la materialidad de las relaciones de producción. Al constituir la conciencia como una emanación directa del comportamiento material humano, el lenguaje de la vida real se proyecta en el andamiaje jurídico y político con tal fuerza que las formaciones ideológicas quedan despojadas de toda apariencia de sustantividad autónoma. En esta arquitectura social, la clase que detenta el mando sobre los medios de producción material ejerce simultáneamente su dominio sobre los medios de producción intelectual, regulando la distribución de las ideas dominantes en tanto que estas representan la expresión ideal de las relaciones materiales imperantes. La estabilidad del orden social capitalista se explica mediante la conformación de un bloque histórico donde la base económica y la superestructura se funden en una unidad dialéctica indisoluble, rechazando cualquier interpretación mecanicista de subordinación unidireccional. Esta interpenetración orgánica permite que las relaciones de producción, consistentes en su núcleo en la explotación y extracción de plusvalía, se transfiguren ante la conciencia colectiva bajo la forma de marcos normativos y derechos de propiedad que naturalizan la subordinación de clase. La superestructura opera como una mediación necesaria que provee los marcos institucionales a través de los cuales los sujetos, reificados por la lógica de la mercancía, perciben sus vínculos sociales como relaciones materiales entre cosas, ocultando la fractura social tras el fetiche del valor de cambio. Habida cuenta de esta dinámica, el Estado se aleja de la concepción como entidad neutral o árbitro de la razón universal para revelarse como la hegemonía burguesa acorazada de coerción. Su función primordial reside en la organización del consenso de las masas en torno al interés particular de la clase dominante, presentándolo fraudulentamente como el interés general de la nación. Esta construcción de hegemonía se despliega a través de los aparatos de la sociedad civil —escuelas, iglesias, medios de comunicación— donde los intelectuales orgánicos actúan como administradores de la superestructura, dotando a la clase fundamental de una autoconciencia que le permite dirigir intelectual y moralmente al resto de los grupos sociales.
Las opresiones de raza, género y nacionalidad, lejos de ser epifenómenos accidentales, constituyen dimensiones constitutivas del modo de producción capitalista que se manifiestan en la superestructura para fracturar la unidad del proletariado. El análisis de las condiciones materiales de existencia demuestra cómo la desmarginalización de la intersección entre raza y sexo revela el uso que el capital hace de estas categorías para segmentar el ejército industrial de reserva y externalizar los costes de reproducción social mediante el trabajo doméstico no remunerado. La ideología patriarcal y el racismo sistémico representan la proyección superestructural de una base económica que requiere la depreciación diferenciada de la fuerza de trabajo para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia. A este respecto, el derecho y la legislación consagran la propiedad privada y la ciudadanía abstracta, facilitando la exclusión jurídica y el disciplinamiento de los cuerpos no productivos. Paralelamente, la ideología y la cultura operan la naturalización de las jerarquías a través de la hegemonía moral, mientras que el aparato estatal mantiene el monopolio de la violencia legítima para proteger la acumulación. Esta fragmentación de la conciencia colectiva impide que el ser social se reconozca en su totalidad, sumiendo al sujeto en un estado de alienación donde las instituciones que él mismo ha creado se le enfrentan como potencias ajenas e inexpugnables.
Frente a la parálisis impuesta por la hegemonía burguesa, el marxismo-leninismo postula la necesidad de una praxis política que eleve la conciencia espontánea de las masas hacia una conciencia política revolucionaria capaz de cuestionar la totalidad del orden social. Esta elevación requiere la intervención de un partido de vanguardia que actúe como el referente colectivo organizador, inyectando teoría científica en el movimiento obrero. El militante comunista debe encarnar la figura del tribuno del pueblo, cuya función pedagógica reside en denunciar cada manifestación de tiranía y opresión superestructural para iluminar la raíz económica compartida de toda servidumbre. La lucha contra la opresión de género, el racismo o el imperialismo representa el campo de batalla necesario para desarticular el bloque histórico del capital, alejándose de cualquier concepción que las considere desviaciones de la lucha de clases. Solo mediante el derrocamiento de la base económica que genera estas representaciones podrá la humanidad disolver los fantasmas ideológicos que la tiranizan, permitiendo que la producción de la conciencia sea el resultado de la asociación libre de productores conscientes. La revolución comunista ataca la división del trabajo misma que fragmenta la esencia humana, iniciando así el tránsito de la prehistoria de la sociedad de clases hacia la historia verdadera del hombre.
La transición hacia el socialismo constituye un proceso de una densidad histórica excepcional, caracterizado por la pugna constante entre las relaciones de producción socializadas y los sedimentos institucionales legados por la formación social capitalista. El derrocamiento del poder material de la burguesía dista de implicar la evaporación inmediata de sus estructuras superestructurales, persistiendo durante un periodo prolongado las marcas de nacimiento del antiguo orden en la conciencia colectiva y en el andamiaje jurídico-político. La superestructura socialista se ve obligada a coexistir con el derecho burgués, el cual regula la distribución de bienes según el trabajo aportado, manteniendo una igualdad formal que oculta las desigualdades residuales de la base. En este contexto, la praxis revolucionaria asume la tarea de transformar positivamente las instituciones para subordinarlas a los intereses del bloque histórico oprimido, promoviendo una nueva hegemonía cultural que erradique el fetiche de la mercancía y la enajenación social. Un hito paradigmático de la transformación superestructural se localiza en la Rusia revolucionaria temprana, donde la intervención de Alexandra Kollontai desmanteló las codificaciones patriarcales que reducían a la mujer a propiedad privada del cónyuge. La legislación soviética de 1918 operó una ruptura radical al elevar la maternidad al rango de función social protegida por el Estado, trasladando la responsabilidad de la crianza del ámbito privado al colectivo. Mediante la instauración de comedores públicos, lavanderías comunitarias y guarderías, el socialismo inició la socialización del trabajo doméstico, actividad productiva hasta entonces invisibilizada que garantizaba la plusvalía del capital en la base económica. Este proceso de liberación incluyó la despenalización del aborto en 1920 y la facilitación del divorcio unilateral, reconociendo la autonomía del cuerpo femenino frente a los mandatos teológicos de la vieja superestructura zarista. El impacto histórico de estas medidas reside en la reconfiguración de la familia, que dejó de ser una unidad de acumulación y dominación para proyectarse como una comunidad de apoyo mutuo. Aunque la historia registre retrocesos burocráticos posteriores, la experiencia soviética demostró que el cambio en la base económica provee las premisas materiales para que el sujeto oprimido abandone su condición de objeto y se convierta en arquitecto de su destino social.
La construcción de una nueva hegemonía exige la superación del divorcio entre el trabajo manual y el intelectual, fenómeno que en la Cuba de 1961 alcanzó una síntesis histórica superior a través de la Campaña Nacional de Alfabetización. Ante el rezago cultural heredado de la superestructura semicolonial, el gobierno revolucionario nacionalizó la enseñanza para convertirla en un derecho gratuito e intransferible del pueblo. La movilización de un ejército de 250,000 voluntarios, compuesto por brigadistas obreros y estudiantes de las brigadas Conrado Benítez, generó una interacción dialéctica entre la ciudad y el campo que transformó profundamente la conciencia de los alfabetizadores y los alfabetizados. La democratización del conocimiento dotó a las masas de las herramientas críticas necesarias para la participación política, alineando la superestructura educativa con los objetivos de la nueva base productiva. Este acto de pedagogía masiva desarticuló los prejuicios de clase y forjó a los nuevos intelectuales orgánicos del proceso revolucionario, cumpliendo la tesis gramsciana del Estado educador que busca el consenso activo de los grupos subalternos. Al erradicar el analfabetismo, el socialismo cubano no solo satisfizo una necesidad técnica, sino que sentó las bases materiales para que el individuo participe en una historia universal liberada de las trabas nacionales y locales La experiencia histórica de la República Popular China, bajo el pensamiento de Mao Zedong, aportó la advertencia crítica de que la colectivización de los medios de producción no garantiza la inmunidad frente a la burocratización de la superestructura. Mao postuló que la lucha de clases se agudiza en el terreno ideológico durante la transición, surgiendo el peligro de una restauración de clase si los antiguos cuadros o sus sucesores burocráticos logran despolitizar a las masas para preservar privilegios de mando. La resistencia de los elementos residuales de la gentry terrateniente y la cultura confuciana exigía una revolución constante en los aparatos del Estado para evitar el estancamiento de la historia. Entre las transformaciones positivas de este periodo destaca la unión obligatoria del estudio con el trabajo productivo, forzando a los intelectuales a participar en labores manuales y elevando a los obreros a funciones de dirección técnica. Estas campañas de movilización masiva pretendían romper la división jerárquica del trabajo, mecanismo fundamental de la alienación que sobrevive en la superestructura socialista. La lección histórica reside en que el socialismo se manifiesta como un movimiento real capaz de erosionar palmo a palmo las lógicas mercantiles, asumiendo que la verdadera riqueza espiritual depende de la liberación del trabajo alienado y su transformación en propia actividad del ser humano.
La transformación de la superestructura durante el socialismo se encamina hacia la homogeneización social mediante la eliminación de los antagonismos de clase y la desarticulación de las opresiones interseccionales. Al socializar la gestión de la producción y rotar las funciones administrativas, la superestructura socialista socava la base de la dominación burocrática y de clase. Paralelamente, la socialización del cuidado y el reconocimiento de la pluralidad cultural permiten superar la domesticidad forzada del patriarcado y la fragmentación racial utilizada por el capital para depreciar la fuerza de trabajo. La vigencia de categorías económicas híbridas como el precio y el salario durante la transición impone una tensión dialéctica al derecho civil socialista, el cual debe ser lo suficientemente elástico para desarrollar las fuerzas productivas pero firme para intervenir en favor del bienestar colectivo. Solo a través de esta pugna consciente podrá la humanidad transitar del reino de la necesidad al reino de la libertad, donde la superestructura estatal se extinga gradualmente al ser recuperada por la sociedad civil organizada. La epopeya del socialismo consiste en demostrar que el hombre puede dejar de ser un ejemplar de la especie condicionado por potencias extrañas para erigirse como el dueño consciente de sus circunstancias materiales e intelectuales.
La culminación del proceso dialéctico en la fase superior de la sociedad comunista comporta la evaporación definitiva de las mediaciones políticas alienadas, instituyendo una superestructura cuya transparencia social deriva de la abolición radical de los antagonismos de clase y de la propiedad privada. Al desvanecerse la base económica que exigía la explotación del hombre por el hombre, el andamiaje jurídico y estatal pierde su razón de existencia, transitando desde la dominación sobre las personas hacia una administración racional de las cosas y una dirección de los procesos de producción. Esta metamorfosis ontológica de lo social permite que la conciencia colectiva deje de manifestarse como un conjunto de reflejos ideológicos invertidos, revelándose ahora como la expresión diáfana de una praxis asociada donde los individuos recuperan el control consciente sobre sus condiciones materiales de existencia. Lejos de representar un acto de voluntad legislativa o un decreto administrativo, la extinción del Estado se configura como un resultado histórico necesario del desarrollo de las fuerzas productivas y de la supresión de la división social del trabajo. En este estadio, la distinción entre gobernantes y gobernados que caracterizó a la prehistoria de la humanidad se disuelve mediante la rotación universal de las funciones administrativas, permitiendo que la gestión de lo común se convierta en una costumbre arraigada en la cotidianeidad de los productores asociados. La superestructura comunista se define, por tanto, por la ausencia de un aparato especial de represión situado por encima de la sociedad, habida cuenta de que la desaparición de las clases elimina la necesidad de una máquina de sometimiento.
Esta nueva configuración de la conciencia política trasciende la igualdad formal propia del derecho burgués, el cual, bajo la apariencia de una norma universal, ocultaba y sancionaba las desigualdades reales de la base económica. Al implementarse el principio de distribución basado en la necesidad y no meramente en el trabajo aportado, la superestructura jurídica se extingue junto con las categorías mercantiles de valor, precio y salario, dando paso a una ética de la solidaridad humana liberada del cálculo egoísta. La libertad humana alcanza su plenitud al superarse el reino de la necesidad, permitiendo que la sociedad se organice como una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno constituye la premisa ineludible para el libre desarrollo de todos. La fractura del sujeto humano, impuesta por siglos de especialización forzada y subordinación a la máquina, halla su resolución definitiva en la reapropiación social de la totalidad de los instrumentos de producción. La superestructura comunista refleja el fin de la contradicción entre el trabajo manual y el intelectual, permitiendo que el ser humano despliegue sus capacidades de forma multifacética sin verse constreñido a un círculo exclusivo de actividades. Esta des-enajenación de la actividad vital transforma el trabajo, de una carga impuesta para la supervivencia física, en la propia manifestación de la vida y en la primera necesidad del individuo. La disolución de la propiedad privada y de la división social del trabajo conlleva, dialécticamente, el desmantelamiento de todas las categorías ideológicas que servían para naturalizar la jerarquía y la exclusión. Al dejar de existir una clase que monopoliza los medios de producción intelectual, la producción de la cultura y de la ciencia se democratiza absolutamente, perdiendo su carácter abstracto y separado para integrarse orgánicamente en el proceso vital de la sociedad entera. La superestructura del comunismo se caracteriza por la transparencia de las relaciones humanas, donde el carácter social del trabajo ya no necesita disfrazarse bajo la forma fantasmagórica del valor de cambio. Al producirse para la satisfacción directa de las necesidades colectivas mediante un plan racionalmente coordinado, la reificación de la conciencia desaparece, permitiendo que los hombres se perciban mutuamente como sujetos conscientes y no como apéndices del mundo de las cosas. El fetiche de la mercancía, que operaba como una potencia extraña sojuzgadora de la voluntad, se desvanece ante la evidencia material de que los productos son el resultado de la cooperación humana voluntaria.
Este estado de translucidez social imposibilita la supervivencia de las opresiones superestructurales que el capitalismo utilizaba para fracturar la unidad del proletariado. La lucha del marxismo-leninismo culmina en la disolución de las identidades racializadas y las jerarquías de género, en tanto que estas pierden su función estructural en la acumulación de plusvalía y en la reproducción gratuita de la fuerza de trabajo. Al recuperarse la unidad entre el ser social y la conciencia, la humanidad abandona definitivamente la barbarie de la discriminación sistemática, reconociendo que la emancipación de una minoría o de un género es ilusoria si no se inscribe en la liberación total de la especie. La tesis de que las condiciones materiales generan la conciencia encuentra en el comunismo su verificación histórica suprema, al demostrar que una base económica sin explotación produce una conciencia humana universal y libre de alienación. La tarea de este libro, al recorrer las etapas de la base y la superestructura, ha sido evidenciar que cada cadena rota en la lucha cotidiana es un paso hacia este horizonte de transparencia y libertad. La revolución comunista no se limita a una transformación política, sino que constituye el salto cualitativo de la humanidad desde el reino de la necesidad hacia el reino de la libertad, donde el hombre deja de ser un ejemplar de la especie condicionado por el azar para erigirse en el dueño consciente de su propio destino. Solo a través de esta síntesis necesaria entre la praxis productiva y la autorrealización intelectual podrá la historia humana comenzar verdaderamente, dejando atrás los fantasmas ideológicos y las opresiones milenarias que la superestructura capitalista tejió para proteger su dominio. Al final del camino, la lucha marxista-leninista se revela como la lucha por la plenitud ontológica del ser humano, donde la riqueza espiritual de cada individuo depende enteramente de la riqueza de sus relaciones reales, libres por fin de toda sombra de servidumbre.
Bibliografía
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